José Agostinho Baptista

Ahora y en la hora de nuestra muerte

 

Crítica de Francisco Javier Vera Haris

Periódico de Tarazona
Mayo de 2001

El poemario de José Agostinho Baptista, agrupado bajo el nombre de Ahora y en la hora de nuestra muerte es el intento vano de recordar la infancia para tratar de tomarle el pulso a un presente sin futuro que se dilata insoportablemente, que demanda ya más que vanos poemas elegíacos, un billete de vuelta hacia la nada.

Moré en el silencio: apagué las claras fuentes/ de una torturada voz./ Y el brillo del cuchillo,/ su metal de esplendoroso alcance,/ encontró el pulso y se movió, / dulcemente.

Al menos en mi caso la ecuación se da. Cuando uno es feliz, cuando no siente la vida como pesada carga, cuando no hay fiera mácula emponzoñando el alma, no se escribe, simplemente se vive. Mas cuando te sientes arrojado al mundo para ser ninguneado  -¡ oh, tú, poeta, hombre, el sabio, el elegido!-, o, peor  aún, para ser el desgraciado, el chivo expiatorio, el saco de los palos de una piñata urdida por fantasmas de acero, que celebran sangrientas orgías sobre tu pobre cuerpo transformado en altar de sacrificios, entonces no se vive, febrilmente se escribe, con el dolor, la rabia, para sobrevivir.

A menudo la poesía es, sí, el producto de la desgracia, el necesario canto del loco para no matar o para no matarse, la piedra del delito que un alma atormentada levanta contra Dios. José Agostinho Baptista, como todo niño que soñó ser Dios, es un maldito, y su poesía tiene la virtud irresistible de la canción del cisne a punto de expirar, desencantado. Su cruz es la orfandad, la orfandad del padre-dios y la orfandad también del paraíso en el que aquel moraba. El niño echa de menos el jardín del edén, aquella casa-castillo, con capillita y todo, en el que la liturgia doraba los ensueños, aquella isla suya poblada de exotismos, aquel cuento de príncipe heredero de un héroe ya mítico que todo lo gozaba, que todo lo bebía, que todo lo apuraba a voluntad, como si la vida entera estuviese a su servicio, dispuesta a darle gusto por el gusto de verlo campar por sus respetos -¡animal tan bello!- entre el cielo y el mar, como un titán atlántico y divino.

Mas su padre murió. Y ahora es la ausencia de aquel sueño, de aquella fábula la que lo invade todo. ¡Éramos tan felices!, dice el poeta. ¡Éramos tan felices!, le responde el eco. La ausencia y el silencio del padre enmudecido para siempre, que cuando quiso hablarle ya no pudo, porque la muerte le robó la voz y los violines, y le dejó un ahogo por condena que lo alejó de un niño todo ojos que vio la muerte en rojo, violada la esperanza y blanca para siempre la ambulancia que le sirena el alma con su alarma, hasta dejarlo al borde del abismo.

Blanco, blanco, blanco. Vida en blanco, que es también vida en negro, coloreada a veces por frutas y pasiones, por brisas, por canciones, por aromas de lo que pudo ser la felicidad. O por un barco que parece viajar hacia algún sitio hasta que al fin queda varado para siempre en la nada. Chispazos en la niebla permanente los hay en el recuerdo hecho palabra.

...diría que se han alejado para siempre los/días antiguos,/sus naranjas, el agua.

Pero al fin es la muerte la que viene a corromperlo todo con el orín amarillo que la lluvia deja en el hierro mal templado de la vida. Las noches son ya el reino del insomnio, de la pesadilla: el padre como un bulto silencioso, en medio de un paisaje invernal, deshabitado. La vida detenida en la densa vegetación que hace crecer el llanto y que te ahoga. La música, monserga reiterada como lluvia tristísima sobre mar insondable. La fiebre omnipresente, incendiándolo todo.

Sed, sed/(...)/levántame, hijo mío.

La obsesión de una frase:

...llévame para las montañas, tráeme las/manzanas y la nieve.

La ambulancia y la urgencia enloqueciendo el mundo. El invierno perpetuo cargado de silencio, que es miedo y es ausencia. Los caminos de Dios no conduciendo a nada

:

...estos son los caminos que van hacia el más allá;/el desierto está al final.

La primavera muerta para siempre y con ella la alegría y los pájaros y el agua. La mirada en el suelo, a la altura del polvo que es su padre perdido, un girasol sin sol vuelto a la tierra. El amor imposible si no existe ya edén en qué gozarlo. El luto de por vida como el cuervo. La escritura ya un bálsamo sin obra. Un crepúsculo eterno ya esta noche que espera

...al visitante de las estepas,/su boca de hielo y el vacío.

Los cuadernos ya mudos, incapaces de captar el calor, la alegría, la inocencia, el misterio que tenía la vida, cuadernos de palabras, palabras y palabras que nada significan, que nada resucitan. Los viajes, incapaces de poblarnos el alma, sólo logran hacernos más extensa la pena.

El poeta está condenado a la oscuridad, al recuerdo de gritos obsesivos, a la metamorfosis del viento en lamento y de la lluvia en miedo.

...el mar es negro y sube hasta el cielo y después/cae, como la gran soledad,/sobre las espaldas./En frente, en la colina del terror, tu hijo/llora.

Toda liturgia es vana para recobrar un paraíso perdido, un tiempo de graneros y mareas vivas, de deseos insatisfechos. El poeta llegó tarde a la vida –la vida del padre-, cuando ya el trigo y el fruto granado había sido devorado por el tiempo, como un cristo inmolado

...y yo era aquel que llegaba después del trigo,/con la cruz a cuestas.

El desencanto se instala para siempre en su vida. Sin el padre, sin el legado del padre, con el silencio siempre presente del padrer, con la ausencia del padre y del secreto nunca transferido, vivir no es ya vivir, es una muerte aplazada sin sentido, una herida profunda que jamás cicatriza.

...y la herida no cicatriza y el día nos/conduce a la orilla de los túmulos.

Desencantado, desamparado, al poeta sólo le queda la ceniza, el recuerdo de lo que pudo ser y no fue. Cuando intenta volver a su isla perdida –y el miedo a volar se lo permite- el edificio de su infancia, de su juventud sigue alzándose aún ante sus ojos como un fantasma con el que no se atreve a encararse. Por eso el poeta se resigna a vivir definitivamente

...con las lágrimas que no puedo contener, que no/puedo desterrar de esta vida mía perdida,/corroída por miedos, ansias y la añoranza de/todo lo que fue y de todo lo que no pudose,/enloqueciendo en esta jaula,/enloqueciendo en esta playa donde estamos solos,/y la palabra es una serpiente, al acecho./En el desierto, a tu lado, un león duerme

.

Quizá sólo una puerta abierta a la esperanza o al menos a la cordura de aceptar la vida como es. El poema titulado Madre es una profunda reflexión sobre el sentido de la vida. Al contrario que el padre y el hijo, hombres al fin, humo que se diluye en sueños de grandeza, ajeno a la materia primaria de la vida, del humus necesario para hacerla crecer, la madre simboliza el sentido de la vida. Ella está en el secreto de sus hombres, de sus hijos, ella los vela, ella los dirige, ella los protege, ella les da la vida y los trae a la muerte. Ella es el ciclo lunar necesario y acordado. La que pone las cosas en su sitio, la que ordena el delirio de sus hombres, la que impone la paz y la cordura, la que ayuda a aceptarnos como somos. Bello poema, ancho remanso de calma en el río revuelto del masculino egocentrismo –tan ridículo, tan patético, tan inútil, tan gratuito, tan bello-, enloquecido del padre y del hijo y del espíritu “non sancto” que les lleva a desvariar como ángeles -¡pobres ángeles!- desterrados.

Madre

Soy aquella que los ve./Y camino por sus caminos y soy la/hoguera distante./El tiempo no me apaga./Tengo los puntos cardinales y soy la brújula en/sus manos,/cuando ellos van sobre las aguas./Soy los mapas, la constelación, el crucero del sur,/el arado, el perro,/aquella que los protege./Soy el regazo, las bellas plumas de mi regazo,/la inmensa luz de amorque cae sobre su/penumbra,/sobre su locura./Soy la madre de su vida, de su muerte./Y voy con ellos, esparciendo las rosas tristes,/y mis cabellos esparcen sobre sus/cabellos las raíces blancas./Soy aquella que escribe cuando ellos duermen,/soy las palabras a través del sueño./Y me adormezco con ellos/cerrando las últimas puertas.

Edita Olifante primorosamente. Literalmente traduce Antón Castro. Y a ti, lector, te resta leer paladeando, como un buen vino, la cosecha de angustia y de belleza que la vida dejó en alguien como tú, tan loco y tan frágil, tan pequeño y tan osado, tan hombre y tan poeta como tú. En el fondo.

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