Ismael GrasaMe vienen a la cabeza varias imágenes de CernudaBiblioteca General de Aragón
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Presentación Una es de Cernuda en un pueblo de Teruel, en Tormón, colaborando en las Misiones Pedagógicas de la República. De esto hay testimonio fotográfico, pero habría que buscar algo más, probar suerte. El Cernuda sin huella, un extraño, en un pueblo fronterizo. Y pienso también en otra impulsora civil de estas “misiones” educadoras, María Moliner. Uno luego en el exilio británico, otra exiliada en las fichas de un diccionario, quizá como un modo del exilio interior. Otra imagen de Cernuda en sus residencias británicas. Diferentes memorias y artículos de autores españoles cuentan con algún episodio de visita al piso de Cernuda, desde Juan Luis Panero, sentado de niño en sus rodillas, a Francisco Umbral. Otra vez la pregunta: ¿Cernuda se exiliaba de Franco o de España? ¿No es eso precisamente lo que le hace moderno, uno de los pocos autores del exilio hoy vigentes? Texto de la conferencia ¿Era a nosotros a quien se dirigió Cernuda? No he sido un gran lector de Cernuda, ni pienso que sea un poeta que se deje leer fácilmente. Sin haberme parado mucho a pensar en ello, creo que la admiración mía y de otros hacia Luis Cernuda se debe más bien, en un primero momento, al personaje, al exiliado, al homosexual, al hombre errante que no sale a recibir en sus pisos británicos a los diversos españoles que aparecían de pronto a verle como a una rareza; un poeta incompatible con España, o con cierta idea de España (la España real, en todo caso, en su caso), no deja de resultar moderno de algún modo. Más luego la coloquialidad que se fue incorporando a su poesía, y que lo hace fácilmente asociable con la línea abierta, dentro de la Península, como es conocido, con Jaime Gil de Biedma: una corriente especialmente salvable de entre las surgidas durante el franquismo, una de las más civilizadas y exportables. En todo caso se trata de una corriente que ha tenido continuidad en democracia, en una sociedad con ciertas libertades, y esto es todo un test de fiabilidad, habla de un lenguaje válido y universal. Una continuidad que sigue apareciendo en poetas jóvenes de ahora, como el asturiano José Luis Piquero y sus “Monstruos perfectos”, por citar uno. A priori, y simplificando un poco, siento una mayor cercanía hacia esta poesía, la que es depurada y elaborada sin que se note demasiado, que crea un trampantojo de vida real, diaria, antes que hacia la poesía abiertamente mística y talada en exceso, reivindicadora de esencias cuyo trasfondo no siempre es de carácter civil. La leyenda sobre Cernuda se debe en parte a que apenas se le ha leído. No hay un poema que los manuales de literatura incluyan de un modo habitual y lo hagan reconocible; un poema-llave que conduzca al resto de su obra. ¿”El soliloquio del farero” quizá? Demasiado largo. Quiero decir que hemos leído a Salinas, el romanticismo accesible de su “La voz a ti debida”, y al Alberti de las canciones y al Alberti vanguardista de Buster Keaton y la vaca Georgina, y nos hemos hartado de Lorca, cada vez más apartado y lejano (¿se anticipó Buñuel a cierta visión contemporánea que tenemos sobre este poeta de Granada, esa incomodidad con que asistió a uno de sus estrenos teatrales?), y hasta poetas como Guillén o Aleixandre, por no hablar de Miguel Hernández, tienen un sitio en nuestra educación poética. Mientras que Cernuda ha estado justo detrás, no está ahí, sino que hay que ir hasta él. En cierto sentido, sigue sucediendo igual que cuando vivía: mientras que los demás poetas se tienen más o menos a mano, si uno quería ver a Cernuda debía coger un avión. O es como en esos actos públicos o sociales en los que Cernuda estaba retirado al fondo, con sus silencios, su melancolía y su algo de rencor. Cernuda ha obligado siempre a ir hasta él. Actúa como un ocultador de sí mismo. En un primer momento, para el que comienza a acercarse a la poesía escrita en castellano, Cernuda es un espejismo, algo que se entrevé y que obliga a andar hacia él. Eso hace que Luis Cernuda en parte no se desgaste, siga siempre vigente. No podemos decir que sea un maldito, es demasiado conocido. Es algo así como un maldito muy famoso, parece que cultivó a lo largo de su vida un ejercicio muy elaborado de paradoja: el estar por delante manteniéndose detrás, el hacerse notar por ausencia –como el que en la fiesta se retira con su copa a una esquina–, el dirigirse a la posteridad en sus poemas, dando por hecho que el tiempo presente, su país, no podían hacerse cargo de una obra como la suya. De ahí, como es sabido, que escoja como modelo al suicida Larra, con su “escribir en España es llorar”, o a Góngora, oculto durante siglos hasta ser descubierto por la poética moderna, o a Bécquer, alma solitaria y satírica que se desenvuelve entre ruinas y ensoñaciones que trasciendan la mezquindad de su entorno, o a Juan Ramón Jiménez, también errante, espejos todos en los que Cernuda hace por verse reflejado. Una actitud que, actualmente, tiene su continuidad en escritores como Juan Goytisolo, quien tiene dedicados en su “Furgón de cola” dos ensayos al poeta, además de haber reconocido su influencia directa en la elaboración de “Señas de identidad”. Hay ciertos tópicos que de un modo u otro hemos oído repetidos en nuestra educación, en la que, insisto, Cernuda no ha sido más que una sombra detrás de los otros. Me refiero a frases, quiero pensar que ya de otro tiempo, del tipo: “La censura agudiza el ingenio”, o “España es uno de los lugares del mundo donde mejor se vive”, o “En España se ha sufrido, hemos padecido calamidades y atrasos, pero por contra hemos dado grandes artistas, genios singulares”. Son modos de exculpación, intentos de reconciliación con nuestro pasado y de vincularnos, al final incluso con cierta simpatía, con una tradición. Es como esas cosas que se dicen en la mili: “jode” pero forma, se pasa mal pero al final vale la pena. Yo no creo que en ningún caso sea bueno o preciso pasarlo mal en ninguna ocasión. Yo estoy muy contento de no haber hecho el servicio militar. Como los maltratadores que suelen haber sido niños maltratados, así en España ha habido una complacencia en la crueldad, un pasarse el relevo de generación a generación de los malos modos ante las propias frustraciones. Y creo que estoy hablando también de Cernuda. España tiene hoy el índice de lectura de prensa diaria más bajo de Europa, en eso las cosas siguen más o menos como cuando Larra. Nuestra tradición consiste en buena medida en pensar que para llegar a algo es necesario el dolor, el padecimiento, una actitud que no puede llamarse de otro modo que tara psicológica. Es el principio del ascesis: la mortificación, la privación, como modo de acceso a algo superior. Ese algo superior, en el caso de los místicos, es el éxtasis. Pero, si se piensa, ¿hay algo más bárbaro e incívico que el éxtasis, algo que no se puede compartir, que no obedece a lógica alguna, que es excluyente, selectivo y ajeno a todo discurso o razón? O decir eso otro, lo de que la censura agudiza el ingenio, no deja de ser una irresponsabilidad. El arte, la escritura, es algo propio de la libertad, una expresión de ella. Es algo hecho para el disfrute y para el enriquecimiento de las personas. Y cuando no hay libertad la escritura se vuelve otra cosa, o bien denuncia del poder o bien complacencia ante él y su estado de cosas. En España ha habido muy pocos años de libertad, nuestra historia reciente ha sido un juego de la oca en que hemos saltado de dictadura en dictadura. Con censura se escribe mal. Es preferible, en todo caso, una media razonable de escritores que se desenvuelven en una sociedad con libertades logradas, con un talento medio en todos ellos, que los genios que siempre ha andado buscando nuestra tradición literaria, que con el tiempo resulta que verdaderamente son muy poco “exportables”, porque en definitiva, y a la larga, siempre salen más a cuenta las libertades que el genio. ¿Qué poesía va a escribir un poeta en una sociedad que no permite la vuelta de los poetas exiliados? Volviendo al ascesis: en nuestra tradición, entre nuestros críticos literarios, se desconfía de lo que resulta demasiado fácil o agradable, y no digamos ya cuando el texto es divertido o mueve a la risa. Es lo que un amigo mío llama “el prestigio del dolor”. Se tiende a considerar que el escritor bueno es aquel que resulta difícil, se confunde profundidad con turbiedad, rigor con aspereza, mérito con pesadez. Se ha censurado a priori lo placentero: el cómic o el texto leído por agrado. Por fin, se crea una atmósfera de mala conciencia en torno a lo que se considera literatura “seria”: logran que la gente, además de no leerla, sienta mala conciencia por ello. Todo esto quizá explique en parte esa más de la mitad de los habitantes que no leen ningún libro al año en este Estado español. ¿No se debería, como han señalado algunos, tratar de explicar en las aulas el pasado desde el presente, y no al revés? Quiero decir: no empezar leyendo a los medievales, tan lejanos y aparentemente ajenos, para llegar a final de curso, o a final de bachillerato, o a final de la carrera (siempre al final y de malas maneras, en todo caso) a los contemporáneos, hacia los que es natural que exista un interés espontáneo, sino empezar por ellos, por aquello que resulte placentero, resultado de una curiosidad intelectual, empezar por el autor que además de contemporáneo quizá sea incluso vecino de la misma ciudad, e ir remontándose hacia atrás y hacia otros espacios, hasta donde sea preciso. Este modo de conocer, además de ajustarse más a la experiencia, resulta más abierto y fiable, menos intencionadamente dirigido desde atrás para intentar explicarnos. Jaime Gil de Biedma escribía a comienzos de los sesenta, en un conocido texto, que Cernuda era para él la “cabeza de puente hacia el pasado”. Decía que entre los del 27 se quedaba con Cernuda, precisamente porque le ayudaba a “liberarse de los grandes poetas del 27”. Y en algunas cosas es Gil de Biedma nuestra cabeza de puente de hoy hacia el pasado, una roca del vado que nos permite saltar hasta la de Cernuda y de ahí a la efímera y variada alegría de la República. Esto puede ser, y de hecho lo viene siendo, una manera de ver las cosas, aunque quizá no muy exacta. Porque hay cosas de Cernuda que nos incomodan, esa actitud suya de incomprendido, esa hosquedad de perpetuo descontento. Digamos que el exilio real, el bélico, vino a añadirse al suyo propio, un exilio prematuro. Hay un preexilio en Cernuda. Cernuda habla de la mala aceptación de su primer libro publicado, y por más que luego le vengan muestras de reconocimiento, incluso inmediatamente después, como con Bergamín, el poeta ya se ha instalado para siempre en ese primer rechazo y acomoda su vida a él, se pone ese traje y ya no se lo quita. Cernuda en Francia durante la República, en Toulouse, ampliando sus horizontes. Su actitud tiene algo de preexilio, cuando realmente el país, estando atrasado en tantos aspectos, sí que tenía vías abiertas hacia la modernidad, de la mano de una agitación editorial, cinematográfica e intelectual nada desdeñable. Y entonces vino el exilio forzoso, el exilio más penoso de la historia española, del que hoy seguimos sin recuperarnos, un exilio que, sin querer frivolizar, le llegó a Cernuda vestido para la ocasión. ¿Llegó Cernuda a ilusionarse antes, con la llegada de la República y durante ella, con las agitaciones sociales del momento, los deseos de cambio? Se nos lo describe en un paseo entre las multitudes de Madrid, o simpatizando con los comunistas, o formando parte de las Misiones Pedagógicas, pero nunca lo acabamos de ver emocionado con ello, como un participante más. Sobre esto, claro está, habrá diversos puntos de vista. Pero ese volcarse en su poesía, en su jardín interior, parece que lo mantenía apartado. El exilio obligado vino a ser, en cierto modo, un llover sobre mojado. Pero es como si de vez en cuando él se percatase de lo injusto que era su vivir fuera, su vida, y cayese en la cuenta de que había culpables de verdad en su infelicidad. Cernuda vive en su poesía, pero de pronto percibe el horror real, y se da cuenta de que su desdicha, la frontera cerrada hacia su “sur”, es real, una injusticia dolorosa, y crece así la bola rodante de su rabia y su desinterés, o de su falso, por despechado, desinterés. Cernuda siempre va vestido de algo. Uno ve sus fotografías y lo encuentra vestido de baño, vestido de calle, incluso vestido de ir cómodo por casa. Nunca se le ve despreocupado en esto, lo que resulta quizá algo fatigante. Cernuda con pipa, Cernuda con cuello alto de lana. Parece que Cernuda necesita ser rechazado para poder seguir escribiendo, crear una nube de leyenda, su famosa “leyenda”, malentendido o confusión, detrás de la cual, como un biombo, seguir vistiéndose cada día. Pero también necesita de una pequeña élite o minoría que le apoye en la distancia (a poder ser en la distancia) para completar su papel de adelantado a su tiempo, de hombre destinado a ser valorado cabalmente en la posteridad. Ramón Gaya, poco antes de la guerra, escribió sobre Cernuda un texto también célebre, aquel que dice que Cernuda vivía en un jardín que llevaba consigo (lo que es una imagen verdaderamente lograda), y que parecía que le acompañaran siempre dos galgos decorativos. Gaya dice ya entonces que era como si a Cernuda le acompañara la sombra del boceto de una vida no vivida. Gaya, junto con Solana, perteneciente a la generación de pintores-escritores, utiliza en este texto breve de presentación una prosa que recuerda a la del que fue editor de Cernuda, José Bergamín. Una prosa aforística, creada mediante una sucesión de hallazgos, como si se jugase una partida de dardos. Bergamín decía que el aforismo no tiene por qué se cierto, pero sí acertado. No recuerdo quién decía también que el aforismo no contiene una verdad, sino una media verdad, o una verdad y media. El escritor Félix Romeo me advirtió de la existencia de una fotografía en la que se ve a Luis Cernuda en Tormón, a una veintena de quilómetros de Teruel. Se trata de una imagen tomada durante una de las salidas de las Misiones Pedagógicas que se llevaron a cabo en la República. Es la Misión Pedagógica que llegó a Teruel en el año treinta y cuatro. Se ve a Cernuda en el centro de la fotografía, sosteniendo un perro. Junto a él, tendidos sobre mantas, están sus compañeros de esta aventura educativa. Están en un prado, al abrigo de una roca. Unos pucheros amontonados, la actitud lacia de las figuras, indican que quizá se trate de la sobremesa. Me pareció oportuno acercarme hasta Tormón para ver si daba con el lugar en el que había sido tomada la fotografía y comprobar a pie de calle si quedaba algún rastro en el pueblo de aquella visita. En el año treinta y cuatro un cuarenta por ciento de la población española era analfabeta, más o menos el equivalente de la población de hoy que reconoce no leer nunca un libro. De todos modos, entre una cosa y otra, hay algo de diferencia. Queda para la posteridad el debate sobre la utilidad de esas Misiones Pedagógicas, alentadas por Giner de los Ríos e impulsadas por Manuel Bartolomé Cossío. Uno se pregunta si aquel llevar a los pueblos más remotos copias de cuadros del museo del Prado, cajas llenas de libros o telones para la representación teatral fueron de mayor aprovechamiento para los aldeanos receptores o para la juventud que se implicó en el sacar adelante ese proyecto, el descubrir de Gaya, de Cernuda y de tantos otros ese “Tercer Mundo” inmediato a ellos, aquella mitad larga del país que vivía aislada, ajena al progreso y, en muchos casos, a los usos sanitarios y alimenticios básicos. Parece que las Misiones Pedagógicas tuvieron más de toma de conciencia que de solución real. Pero fue una toma de conciencia necesaria y fértil. Los cientos de fotografías que se tomaron durante esas Misiones Pedagógicas son, vistas hoy, de una modernidad ejemplar, tratan de una época en la que se cae en la cuenta de las grandes injusticias y de los sentimientos revolucionarios. Me refiero a fotografías en que se ven, por ejemplo, los rostros boquiabiertos de los campesinos ante el cinematógrafo, los rostros empañolados y enlutados de las mujeres ante el peinado despejado de una de esas jóvenes de ciudad que leían en voz alta al aire libre, o que mostraban las réplicas de las obras pictóricas de arte colgadas para la ocasión por las paredes de los Ayuntamientos. Contrastes de mundos que se encontraban, y sobre los que vinieron también a llamar la atención documentales como el de Buñuel sobre las Urdes. El mismo Buñuel explica de sí mismo en sus memorias que procedía de la Edad Media, refiriéndose a la Calanda de comienzos del siglo veinte. Entre nosotros, en su estudio de Villamayor, el pintor Pepe Cerdá viene retratando durante los últimos años esta época que él llama de “los últimos modernos”, cuando todo se cuestionaba y se enfrentaban las grandes ideologías, cuando los hombres se permitieron soñar y se vieron de pronto con un arma en las manos. Digamos que Pepe Cerdá está haciendo una pintura de la historia de cuando ya no existía la pintura histórica, para, de un lado, devolverles una dignidad de verdaderos aristócratas a los hombres que nunca tuvieron pintura pero que son nuestros verdaderos padres en la modernidad, y, de otro lado, llamar la atención hacia una época que dejó unos interrogantes todavía abiertos, por más que nos esforcemos en pasarlo por alto. La fotografía de Luis Cernuda en Tormón, que puede verse en el catálogo editado por la Residencia de Estudiantes con motivo del centenario, no está tomada en el mismo pueblo, sino en un prado conocido como “el Prao”, situado a unos pocos quilómetros. Llegué a Tormón con unos amigos un sábado por la tarde. El pueblo es verdaderamente bonito, con sus casas de piedra en pendiente, sus tejados bien conservados. Es un pueblo sobrio y montañés, un pueblo serrano y de acceso dificultoso. Sacamos el volumen con la fotografía de Cernuda y hablamos con un par de hombres mayores del pueblo. La primera reacción, al hablar de la República, fue la de hacerse los locos: es sabido que, particularmente en Teruel, los años de la guerra siguen siendo un asunto todavía vivo y arduo. Pero el hecho de sacar una fotografía siempre provoca una curiosidad, unas ganas de mirarla y de reconocer lo que aparece. De no lograr hablar con nadie a tener, literalmente, todo el pueblo a nuestro alrededor, no hubo más que sacar aquella fotografía y preguntar. Esos primeros dos hombres nos advirtieron de que difícilmente podían haber llegado a Tormón las Misiones Pedagógicas de las que hablábamos porque hasta pasada la guerra al pueblo sólo se podía llegar a caballo: no tenían acceso los carromatos, ni mucho menos los automóviles. (El destino preciso de aquella salida del año treinta y cuatro en Teruel es sencillo de saber, basta con consultar las actas e informes publicados de las Misiones Pedagógicas). En todo caso, la forma de la roca de rodeno que aparece en la fotografía y la llanada del fondo fueron pronto identificados por aquellos vecinos como “el Prao”, donde se encuentra también la Casa forestal. Las dos mujeres de mayor edad del pueblo se llaman Perpetua y Joaquina. Joaquina tenía diecinueve años cuando anduvo Cernuda por ahí. Ninguna de las dos guarda hoy memoria de que pasasen por ese lugar algo parecido a las Misiones Pedagógicas, ni de que se retratase ningún poeta famoso junto al pueblo. Actualmente el cura de Tormón da la misa el sábado por la tarde. Nuestro mostrar la fotografía coincide con la salida de este culto religioso, de manera que, como he dicho, acabamos con casi todo el pueblo en torno a nosotros. Al que parece que es Ramón Gaya le surgen todo tipo de nombres, diferentes personas creen reconocer en él a uno de sus propios parientes; lo mismo sucede con Cernuda. Hace una buena tarde y en el pueblo se está agradablemente. Los que dejaron las casas, regresan en verano y han vuelto a acondicionarlas de un modo natural. El cura sale por fin de la iglesia, nos mira fugazmente en la plaza, sube a su coche y comienza a maniobrar con él obligando a todo el grupo a apartarnos. Sea por celos de tener convocados también nosotros a toda esa población, sea por saber qué nos traíamos entre manos, aquel cura estuvo dando marcha atrás y marcha adelante con su coche hasta casi lograr disolvernos por completo. Quizás su actitud molesta e impertinente no diste demasiado de la que otros muchos curas rurales debieron de manifestar ante la llegada de esas Misiones Pedagógicas y sus aires liberadores de ciudad. Perpetua y Joaquina, haciendo memoria, dicen que aquel año del treinta y cuatro estaban en Barcelona. ¿Qué hacían allá? Parece que no tienen ganas de precisar más. Corre un aire fresco; más abajo la arboleda y las huertas señalan algún cauce de agua. Antes de que atardezca del todo nos acercamos en coche hasta el prado de la fotografía. Es un lugar idóneo para hacer escala: tiene una fuente, hierba, el abrigo de las piedras rosadas de rodeno y el aliciente de unas pinturas rupestres de arte levantino en las proximidades. Encontramos el punto donde posó Cernuda y nos hacemos también fotografías. Como es sabido, Ramón Gaya fue de los que pintaron las reproducciones de cuadros del Prado con que se llevó a cabo aquel museo ambulante de las Misiones Pedagógicas: cuadros del Greco, de Goya, de Velázquez o Ribera. Gaya, en el texto aludido, decía que a Cernuda no se le comprende en el campo. Y lo dijo él, que había recorrido tantos campos con Cernuda. Se refería a eso de que se le comprende mejor en un jardín o una playa solitaria. Otra fotografía conocida de estas Misiones Pedagógicas es aquella en la que se ve a Cernuda subido a un burro. Pero no está sentado a horcajadas, como sería lo normal, sino encogiendo una pierna sobre la montura, como si posase subido a algo exótico o a una motocicleta llamativa. Es decir, que no pone un pie a cada lado, no se entrega a ello, sino que está y no está, un poco como fue su vida: medio subido siempre a algo de lo que parece que se va a bajar, algo provisional, y que al final resulta que se convierte en lo definitivo, porque no tiene donde bajarse. Es como si se hubiese quedado en la plataforma de acceso del tranvía, sin acabar de entrar nunca y sentarse, y tampoco de bajar. Cernuda trabajaba en la librería de Sánchez Cuesta de Madrid. Nadie parece dar un testimonio claro de que se apuntase como participante de esas Misiones Pedagógicas por un convencimiento marcado, sino más bien por unas circunstancias propicias: la económica, por una parte, el ganarse la vida de un modo llevadero, y, por otra, el simple hecho de cambiar, algo muy propio de Cernuda, las ganas de viajar y de distraerse. Sin entusiasmo, pero siempre en movimiento. Es como su célebre ser “español sin ganas” con que se definió, a la vez que, por otra parte, sin dejar de ser otra cosa en su vida que un español: no fue, por ejemplo, un andalucista declarado, u otra cosa: no buscó una identidad alternativa, sino la del propio descontento. Transcurrían los años fuera, y él escribía del Escorial y la silla del rey, como una losa con la que siguiese cargando. El propio Ramón Gaya difundió esta idea de que a Cernuda, en esto de las Misiones Pedagógicas, le movían más las ganas de esparcimiento que la vocación didáctica o redentora. Mientras que Cossío, en la redacción de las normas por las que se debían regir las Misiones Pedagógicas, dejaba claro que el “misionero”, en el tiempo que durase su salida pedagógica, no debía distinguir entre tiempo de enseñanza y tiempo privado, pues debía de estar en todo momento disponible a la gente de los pueblos y manifestar un talante, en continua convivencia con los lugareños, a Luis Cernuda sus compañeros de misión lo describen como alguien que, si bien llegaba a poner pasión en las descripciones de los cuadros y en las actividades docentes de cada salida, luego se apartaba en su propio mundo, en sus silencios, sus lecturas y sus notas. O bien disfrutaba de la naturaleza con otros compañeros de la misión, al margen de los naturales del lugar. Esta imagen de él es la que ofrece también el estudioso Nigel Dennis. La de alguien que, por ejemplo, aprovechando que el autobús de las misiones pasaba cerca de la casa de un conocido, se apeaba a pasar la tarde mientras dejaba que su compañero Serrano Plaja fuese a impartir la docencia. En esas salidas hacia los campos más aislados y retirados de España, hacia el analfabetismo y, en buena medida, la barbarie, hacia gentes que, como se aprecia en el testimonio de las fotografías, se mostraban mal aseadas, mal dentadas y, en muchos casos, mal alimentadas, hacia ahí, digo, Luis Cernuda se llevaba consigo un monóculo, guantes amarillos y calzado de charol. Cuando he hablado con otras personas sobre Cernuda compruebo que lo más leído y lo más popular de “La realidad y el deseo” no es tal o cual libro o parte que aparezca en ella, sino su epílogo en prosa, “Historial de un libro”. Esto llama la atención porque no deja de resultar paradójico: toda la vida haciendo poemas, recopilándolos en ediciones sucesivas y meticulosas que los agrupasen, para que al final aquello que es más comentado y recordado sea, sin exagerar demasiado, el apéndice explicativo, esa breve autobiografía final que, en el caso de un poeta como Cernuda, viene a equivaler a su poética. Pero esto no sucede solo con el lector medio, el aficionado ocasional a la poesía, sino también entre los especialistas. De hecho, leyendo estas semanas artículos de aquí y allá, publicados con motivo del centenario, encuentro menos citas de sus poemas que de su “Historial de un libro” u otras recopilaciones suyas de prosa. En cierto modo, Cernuda nos debería gustar tanto a algunos, por lo que es y por lo que representa, es en cierto modo tan atractivo, que al final no se le lee –circunstancia favorecida, dicho sea de paso, por el hecho de que tampoco sea un poeta fácil–. Esa cosa suya de maldito, de estar permanentemente detrás de los grandes poetas del veintisiete que, por una cosa o por otra, se van viniendo abajo –como en buena medida es el caso de Lorca–, le mantiene joven porque hace que esté siempre a punto de ser descubierto, como se ha dicho. Pero ese momento nunca llega del todo. Caen los que supuestamente estaban delante de él, pero, aunque le llegue el turno, su figura no aparece de modo contundente. Debe de ser algo parecido a los espejismos del desierto. No conozco a nadie que se sepa de memoria un poema de Cernuda, es un poeta que está siempre ahí sin gastarse, igual que él se quedaba hojeando libros en las afueras del pueblo al que acudía el autobús de la “misión”. Es como si en “Historial de un libro” Cernuda se humanizase y, de un modo distendido, se mostrase al lector en un balance final que no deja de estar lleno de peculiaridades. Como cuando se despacha la Guerra civil en un párrafo corto, del que, por cierto, la mayor parte está dedicado a la “Antología griega” de la colección Guillaume Budé con que se hizo nada más llegar a París. Da la impresión de que el revanchismo que manifiesta, después de años y más años de exilio, no es contra aquellos que lo mantienen en el exilio, sino contra quienes no le hacen caso como poeta y lo relegan. La Guerra civil parece un recuerdo entre otros que sirve para que a él le venga a la cabeza tal edición de poesía helénica, tan importante para sus siguientes versos. Esto resulta inquietante. En buena medida sucedía también que los que le apoyaron, como José Bergamín, que escribió elogiosamente sobre Cernuda desde la aparición de su primer libro, “Perfil del aire”, se encontraban como él en el exilio. La colonia de lectores a los que Cernuda esperaba llegar se encontraba, como él, dispersa, errante, sacrificada en un desplazamiento a menudo forzoso. Quizá la literatura no sea más que la expresión de una felicidad y un pensamiento, destinada a la comunidad en la que el escritor se desenvuelve. Por eso un escritor obligado a vivir fuera es algo siempre trágico. La literatura en el exilio se vuelve algo parecido a funciones de teatro en las que las butacas están vacías, y de las que queda un recuerdo oral, testimonial, una cosa de manuscritos, páginas para la bibliofilia y los estudiosos. Obligar al escritor, como en el caso del exiliado, a dirigirse a la posteridad es algo violento, cuando no descabellado. El escritor escribe para su tiempo y para su gente: tener en cuenta la posteridad de la obra, su vigencia entre los futuros “clásicos”, es algo que no puede ser el resultado sino de la mala educación recibida, las psicopatologías y los malos entendidos. Pero, claro, hablo de escribir en libertad. Se ha dicho que la educación, una vez que al individuo se le ha enseñado a leer por cuenta propia, tiene algo siempre de fascista e intolerable. Quizá esto sea excesivo, pero, en todo caso, sí que parece que la idea de “clásico”, y de la educación desde el “clásico”, es, conforme nos habituamos a vivir en libertad, algo cada vez más discutido. Cernuda viaja a Francia y Reino Unido, se hace conocedor de otros pulsos y literaturas, y considera que sus paisanos no están preparados para la poesía que él concibe. Da la impresión, leyéndole, de que su exilio verdadero es este, y no tanto el político. Parece que Franco y la Falange y la Iglesia, y la bestialidad y la sinrazón, todo aquello que se adueñó abiertamente de España con la guerra, no fuese para Cernuda algo coyuntural ante lo que valiera la pena enfrentarse, sino un modo de ser atávico y frente a lo cual poco se pudiese hacer. Pienso que la literatura de hoy requiere llaneza y sentido del humor. El tono grandilocuente, las aspiraciones a pasar al cielo literario, resultan cada día, en cierto sentido, más disonantes. Cuando eran pocos los que escribían, y pocos también los que leían, como indica ese cuarenta por ciento de analfabetos españoles en la época de Cernuda, entonces, digo, era fácil que los autores se sintieran los guardadores de la llama de la literatura, los atletas que en relevos hacían llegar la lumbre sagrada hacia la posteridad. Por el contrario, es posible que todo sea hoy más inabarcable e incontrolable, y que el tono de nuestros poetas quede a menudo dislocado respecto a una realidad capitalista y su trasiego editorial, una situación de vida corriente que, precisamente por ser corriente y normal, se expresa comúnmente en prosa. No quiero decir con esto que piense que la poesía de hoy no tenga salida. Sospecho, en cambio, que hoy se escribe mejor que nunca. Y pienso que la escritura, antes que ser motivo para que se manifieste el genio que enorgullezca más tarde a su comunidad, ha de ser una expresión cotidiana y natural de un caldo desarrollado de cultura y libertades. Esta dispersión contemporánea nos libera también de depender de los ejes geográficos y políticos tradicionales. Internet pone en ridículo la fórmula convencional de las naciones, y más cuando tratan de censurar y restringir los accesos a este bien colectivo de lo virtual, formado por individuos dispersos en el mundo. Con Internet es más fácil llegar a librarse del peso de ese Escorial con el que cargaba Cernuda en aviones y barcos. Reconozco que cuando comencé a leer a Cernuda me encontré con algunos problemas de comprensión, de identificación del tono. Se debía a que yo tenía en la cabeza cierta idea extendida de que Cernuda era quizá el poeta más vigente y actual de los del veintisiete. De modo que yo estaba empeñado en leerlo como al más moderno y, como digo, encontraba dificultades para entenderlo. Luego, pasado el tiempo y algo más documentado, volví a leerlo desde el punto de vista de la poesía romántica y desde el diecinueve, desde Bécquer, Larra, Holderlin y demás referencias conocidas (Goethe, Byron, Galdós...), y de pronto todo se hacía diáfano. Digamos que en la forma, en esa coloquialidad que su poesía va ganando, en esa musicalidad que logra a la vez ocultar la métrica, en sus vinculaciones con la poesía de corte anglosajón, es donde parece que procede principalmente esa cierta modernidad de este poeta (aparte de su desprecio a la España castiza y tenebrosa), y de donde le viene su prestigio ganado entre los poetas jóvenes de hoy. Aunque no tanto en el fondo, pues, si se piensa, sus iconos de identificación son mayoritariamente decimonónicos, de Larra a Rimbaud, como se ha dicho, y buena parte de su llamado idealismo poético bebe directamente del tiempo anterior, y no tanto de lo que estaba sucediendo tras la guerra mundial y las convulsiones del siglo veinte. Aunque, insisto, en la vuelta actual a la poesía vestida de prosa, al tono calmo, directo y confidencial, Cernuda es hoy más imitable que los que de un modo abierto se echaron en manos de las vanguardias. Mientras estos quedan como una expresión liberadora perteneciente a un momento del pasado, un poco como impecables piezas de museo, Cernuda sigue siendo una voz aprovechable, con su puente tendido al romanticismo y a Grecia, con ese dejar hablar al “yo” que nos es tan contemporáneo y al que, tras tanta agitación colectiva, hemos regresado. Tras los grandes sistemas ideológicos, los totalitarismos y las convulsiones sociales, el “yo” del individuo, como es sabido, deja de ser algo mal visto en el último cuarto del siglo veinte. Se afiliase o no Cernuda al Partido Comunista, dato en el que parece que no hay acuerdo, quizá sí que podamos decir que no fuese un hombre que dé a primera vista el perfil del militante. En todo caso, aunque la voz de Cernuda nos resulte decimonónica en muchas ocasiones, hay que decir que ofrece un “yo” legible hoy y, en algún aspecto, continuable. Por otra parte, creo que la reivindicación de Cernuda que sin demasiado pudor se hace hoy desde algún sector de la derecha política viene facilitada por el hecho de que el poeta no proyectase su rabia hacia cierta España, ni más ni menos la que le mantenía en el exilio junto a tantos otros, sino hacia España en sí, yendo todos un poco en un mismo saco y dando a entender, según colijo leyendo sus poemas, que la Guerra civil era más una expresión del cainismo eterno español que de la lucha de unos por los derechos elementales. La derecha, naturalmente, se siente cómoda con esta visión de la Guerra civil, según la cual se trata de una olvidable discordia entre hermanos. Cernuda utiliza esa palabra, “discordia”. Y utiliza en diversas ocasiones la expresión “vosotros” para referirse a sus paisanos españoles, los que supuestamente le desprecian, pasando por alto que ese “vosotros” incluye también a muchas gentes que dejaron su vida por tratar de liberar al país de la barbarie. Y sucede algo parecido cuando habla del resto de la comunidad de exiliados, con quienes también da la impresión de negarse a formar un plural; utiliza la expresión “una vuelta del destino” para referirse a lo que parece la situación de los exiliados, como si fuese eso, algo del destino, y no una situación condenable con la que fuese preciso acabar. En ese “vosotros” y en ese modo de referirse a España se está oyendo la voz de Larra y de los posteriores autores del regeneracionismo y del noventayocho: explica lo que ha sucedido, lo que le mantiene desterrado, no desde los movimientos modernos de la época que se enfrentaron en la Guerra civil y que se volverían enfrentar en la Segunda Guerra Mundial, es decir, el fascismo, el comunismo, el anarquismo, etcétera, sino que lo explica machadianamente, desde más atrás, como el resultado de cierto carácter fatal e inevitable del español, una manera de ser brutal y odiosa que maltrata a quien, como él, trata de descollar. Andamos ahora a vueltas con Cernuda debido a su centenario y, si se piensa, estamos en un momento esencial para él porque, a diferencia de otros artistas, Cernuda, por las cosas que dice repetidamente en sus poemas, transmite la impresión de que se dirigía más a nosotros, ahora, aquí, que a sus contemporáneos. La segunda mitad de la obra de Cernuda, por lo menos, parece que está escrita para el futuro, dando a entender que sus paisanos de habla castellana no estaban preparados para él. Este tema, como es sabido, es reiterativo en sus versos, con sus referencias a otros genios que no fueron considerados tales hasta después de muertos, como Mozart, y sobre los que poetiza para hablar de sí mismo. Casos de malditos que fueron maltratados o encarcelados como Rimbaud o Verlaine, y a los que luego se les homenajea con placas oficiales en el Candem londinense. De modo que, según todo esto, llegado el centenario de Cernuda, somos nosotros aquí los verdaderos lectores de este poeta, porque, enrabietado con su época, cabe decir que él escribió para nosotros. De ahí que los fastos de este centenario tengan una trascendencia singular: mientras que en otros centenarios se trata de echar la vista atrás y sacar cuentas, en el caso de Cernuda, en cierto modo, es distinto, pues, según él parecía considerar, insisto, somos nosotros sus verdaderos lectores, los que habían de venir o, por decirlo gravemente, la posteridad. ¿Nos gusta hoy Cernuda? A propósito del poema que dedica a Rimbaud y Verlaine en “Desolación de la Quimera”, el titulado “Birds in the night”, hay que decir que no cabe un texto más oportuno para reflexionar sobre esta presente celebración del centenario. Es uno de mis poemas preferidos de Cernuda, junto al titulado “Diré cómo nacisteis”, del libro “Los placeres prohibidos”. En ambos poemas la rabia de Cernuda trasciende su propia frustración de poeta no suficientemente reconocido, para alcanzar un plano realmente subversivo y denunciador de las actitudes moralmente pacatas y mezquinas de la sociedad: apunta ahí hacia el malditismo que considero más valioso de Cernuda, el del hombre rebelde que no se doblega a las convenciones de su tiempo, y no tanto el del poeta que se queja de su aislamiento. Esta diferencia fundamental es la que a ratos, leyéndolo, hace que me sienta próximo a él, y a ratos no. Pienso, por ejemplo, en el poema con que cierra su obra global, el titulado “A sus paisanos”, que es como su testamento, y en el que comienza despotricando de todos los que lo han tenido apartado con su célebre “leyenda”, ese “vosotros” que utiliza Cernuda y que a algunos tanto nos molesta. Cernuda a menudo nos deja así fuera de sus poemas. Y pienso que un poeta grande no puede cerrar su obra con palabras de resentimiento, una actitud que sin duda le empequeñece. También es cierto que en la segunda parte del poema habla de esa minoría que sí que le hace caso en la distancia, y quizá haya que entender que esa minoría, pasado el tiempo y reestablecida cierta normalidad, ya no es tal. En todo caso, vuelvo al poema sobre Rimbaud y Verlaine porque parece haber sido escrito también para su propio centenario: ¿cómo no sonreír cuando vemos su nombre abanderado por los suplementos culturales de los diarios de la derecha española, prologados nada menos con texto de mano y letra del presidente del partido conservador que nos gobierna? La placa del Candem de la que hablaba el Cernuda homosexual se queda aquí corta. Al propio Cernuda se le reivindica desde el partido que apoya a la Iglesia católica y sus colegios, donde se explica que la homosexualidad es una desviación, el partido que se ha negado a condenar el golpe de Estado que le mantuvo de por vida en el exilio, el partido que se ha opuesto a los avances en los derechos civiles de los homosexuales, como es el caso de ese singular diputado aragonés que sobre este asunto se preguntaba escandalizado si esto iba a acabar siendo un “todos con todos”, etcétera. Por cierto, ¿qué tiene que haberse extendido en la mente de una persona para que llegue a ver como algo malo o condenable la expresión “un todos con todos”? Cito aquí el artículo de Mariano Gistaín publicado hoy en “El Periódico de Aragón” sobre el caso abierto de los guardiaciviles homosexuales: “La normativa para pedir cobijo –mejor sería un buen sueldo– en una casa cuartel fue reformada del 24 de mayo del 2000 por este PP de nuestros pecados para prohibir expresamente las parejas homosexuales. El párrafo infame dice así: Cónyuge o persona con la que forme pareja heterosecual estable”. El poema “Soliloquio del farero”, que, según escribe el mismo Cernuda, discrepando, fue considerado su mejor poema, no deja de traernos a la mente por asociación el poema “La voz del poeta” de Miguel Labordeta, aquel que comienza con el verso “En lo alto del Faro”, y donde el autor se sitúa en lo alto de un faro simbólico para ver desde la altura el discurrir de lo que él llama “las pobres gentes”, en un tono que puede entenderse como altivez y que provocó la censura, aunque cómplice, de Gabriel Celaya en su poema “A Miguel Labordeta”. Celaya invita al autor, Labordeta, a descender del faro y disfrutar de las cosas de la vida junto a las otras gentes: los besos de las chicas, las sesiones del cine..., en lugar de quedarse atormentado con la metafísica occidental. Creo que esta censura de Celaya, pese a entenderse muy bien y parecer razonable, es sin embargo algo injusta: de hecho, leídos hoy uno y otro poeta, encuentro a Celaya más teológico y metafísico que a Miguel Labordeta, quien, a su modo, estaba invitando a trascender el entorno mezquino y asfixiante de la Zaragoza franquista en la que tuvo que vivir, una personal rebelión que hoy nos resulta moderna y sostenible. Labordeta y Cernuda, poetas del yo. Pero mientras que en el poema del faro de Cernuda el tema es la soledad –la soledad que debe acompañar al poeta para no traicionarse a sí mismo y ser, como él mismo dice, “diamante” que alumbre sobre la humanidad, etcétera–, el faro de Labordeta es el de la revuelta ante una sociedad adocenada y provinciana que le mantiene aislado a la fuerza, y contra cuyas costumbres de miras cortas levanta la voz. Son dos casos de paradigmática inadaptación al medio, que Cernuda resuelve con una voz romántica, y Labordeta desde una queja fiera y, si se quiere, más contemporánea. También quizá haya algo más de fondo: lo que para Cernuda es algo intrínseco, la eterna condición de “farero” del poeta -según el canon romántico-, para Labordeta quizá se deba más a una triste condición coyuntural a la que, por ser poeta, consigue dar un carácter universal, además de alcanzar, dicho sea de paso, el aprecio y el agradecimiento de los que queremos seguir viviendo a nuestro aire, quiero decir libremente.
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Breve Currículum del conferenciante Ha publicado las siguientes novelas: La tercera guerra mundial, De Madrid al cielo, Días en China, Fuera de casa y Sicilia. |
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