Ángel Guinda

Mi Cernuda

Biblioteca General de Aragón
8 de Noviembre de 2002
19 horas

 

Presentación

No es mi Cernuda  el poeta del resentimiento, el hombre displicente y misántropo. Mi Cernuda es el almendro amargo en sombra, resignado a la decepción, a la desconfianza, porque sabe que sólo el amor es toda la luz del mundo. Luz tan frágil como destructora.

Texto de la conferencia

Desde hace algún tiempo, aunque muy esporádicamente, vengo escribiendo determinadas notas de pensamiento y opinión acerca de la creación poética que, para mí, no deja de ser un acto continuo de destrucción y reconstrucción de la vida por la palabra y de la palabra por la vida.  Notas que, poco a poco, han perfilado una especie de Poética: la Arquitextura (“arquitectura del texto”) a la que intento aplicarme.  Una de ellas dice:  “Tradición es herencia y enriquece más a quien mejor sabe asimilarla.”  Otra, considera que  “La originalidad consiste en el reconocimiento de los propios orígenes”.

Pues bien, si un día me había preguntado qué era la tradición, otro día me planteé cuál era mi propia tradición.  La respuesta se publicó en un número  -dedicado al vicio preferido-  de la revista La Expedición, a través de un artículo titulado “La poesía”.  En él reivindicaba para el lento proceso de mi aprendizaje poético la paternidad de Jorge Manrique, Quevedo, Bécquer, Baudelaire, Kavafis, Ungaretti, Quasimodo, Montale, Cernuda, Gil de Biedma e incluso Àlex Susanna.

Cernuda. Pero ¿qué Cernuda?  O, mejor aún, ¿qué de Cernuda?  Porque, efectivamente, no hay un solo Cernuda. Ni hay una voz sola cernudiana. Él mismo nos advierte:

Cuando allá dicen unos

Que mis versos nacieron
De la separación y la nostalgia
Por la que fue mi tierra,
¿Sólo la más remota oyen entre mis voces?
Hablan en el poeta voces varias.
Escuchemos su coro concertado,
Adonde la crecida dominante
Es tan sólo una voz entre las otras.  
                                                                     (“Díptico español”)

Esta charla podría ser una aproximación dirigida a resolver tales cuestiones.

Difícilmente encontraremos en la literatura española del s. XX libro con una dedicatoria (curiosamente escrita en francés) tan seductora y misteriosa como aquélla con la que Luis Cernuda encabeza  La realidad y el deseo: A mon Seúl Decir    (A mi único Deseo).  ¿Qué velada realidad hay detrás de ese deseo único? ¿Cuál es la naturaleza del deseo en la realidad cernudiana?  Sin duda: el amor, el placer, la belleza, la memoria, el olvido. Es decir: lo necesario efímero pero constante que nos hace gozar y nos deshace al sufrir.

No es mi Cernuda el poeta del resentimiento, el hombre displicente y misántropo. El hijo de la orfandad ante el mundo, el hijo del agobio y de la revancha, que utiliza el arte de la poesía como esputo, como mordajo de odio, para, descastadamente,  levantar acta notarial de lo mórbido y cínico en los malos sentimientos contra las personas (sus paisanos, entre ellas), contra la familia, contra la tierra en que aparece a la vida y a la poesía, una tierra (nos dirá tan larrescamente):

Adonde ahora todo nace muerto
Vive muerto y muere muerto
......................................................
Si yo soy español, lo soy
A la manera de aquellos que no pueden
Ser otra cosa; y entre todas las cargas
Que, al nacer yo, el destino pusiera
Sobre mí, ha sido ésa la más dura.
                                                                            (“Díptico español”)

No es mi Cernuda el hombre-dios-poeta engreído, ofuscado en no aceptar las críticas justamente adversas a su primerizo, más que primer libro, Perfil del aire. Libro, ciertamente, menor: gongorino, guilleniano   –por más que lo negase su autor-   y también saliniano; retórico, insustancial, pirotécnico, hueco.

No es mi Cernuda el escritor que perpetra descuidos, cuando no errores, morfosintácticos –de concordancia- y hasta ortográficos.  Así leemos, en carta a Bernabé Fernández-Canivell, “disgresiones” por “digresiones”; en el poema “Los fantasmas del deseo:  “este ansia”  por “esta ansia”;   en “El mirlo, la gaviota”:  “creo en ti que no conozco aún”  por “creo en ti a quien aún no conozco”;  en “Historial de un libro”:  “el deseo de conocer a Francia”  por  “el deseo de conocer Francia”;  o en su Poética para la Antología de Gerardo Diego:  “No vale la pena de ir  poco a poco olvidando la realidad”  por  “No vale la pena ir poco a poco olvidando la realidad”.

No es mi Cernuda el traductor  a veces envarado, incapaz de perderle el respeto al autor  cuya obra interpreta, cuando ello es necesario en beneficio de la traducción, ya trate a Blake o Nerval; con Yeats y Shakespeare tuvo mejor fortuna.

No es mi Cernuda el lector en `propia voz de sus poemas, voz fría, falta de transmisión, rápida, paradójicamente aguda para la gravedad de unos textos tan hondos que se diría resuenan en las paredes de nuestra memoria.

No es mi Cernuda el que atiende la tentación de habitar establemente un locus amoenus, una Arcadia de hastío, un paraíso con equilibrio y mansedumbre de égloga. Ni el que roza, con la punta de los sueños, lo transparente y feliz derramándose en oda.

No es mi Cernuda el poeta de acento apolíneo latente en sus Primeras poesías.

Mi Cernuda es aquel de acento dionisiaco que germina ya en Un río, un amor.

Mi Cernuda es la elegía errante que avanza decidida de un imposible a otro detrás de su misión hasta alcanzarla y cumplirla.

Mi Cernuda es ese relámpago de energía whitmaniana, de vitalismo panteísta, que alguna vez iluminó, derritiéndolo, el hielo de su infierno:

  Creo en la vida,
  Creo en mí mismo; 
  Porque algún día yo seré todas las cosas que amo: 
  El aire, el agua, las plantas, el adolescente.”

Mi Cernuda es el eslabón de sensibilidad imaginativa, con referente empírico, entre el bullir del catálogo de los sentimientos en Bécquer  y  la  ironía  experiencial  en Jaime  Gil  de  Biedma.

Mi Cernuda es el pensador que diseña para su obra una cosmovisión de unidad y armonía.  Hace de las palabras semillas cargadas de llamada y reunión, de reconciliación entre contrarios: proximidad y lejanía, pasado y futuro. Que intenta atrapar lo que se va (la belleza, el tiempo de una vida)  y  congregar  lo disperso.  Se diría que, frente al realismo materialista de cuantos intentan convertir los sueños en realidad, nuestro poeta  -afiliado al idealismo-  apuesta por transformar la realidad en sueño.

Mi Cernuda hace de la soledad una cadena perpetua de autoconocimiento, al encuentro de su verdad inexpugnable.

Verdad, voluntad ética de un reconocimiento de sí mismo que le ayude frente al desconocimiento en los demás.  Soledad doble: de autorrealización hedonista a partir de la inocencia poética y de contramarginación de su condición erótica frente a una colectividad hostil. Verdad frente a fracaso.  Multiplicada soledad fecunda: Triunfo de una conciencia moral tranquila,  acorde  con su credo y con sus obras.

Cómo llenarte, soledad, 
Sino contigo misma.

Mi Cernuda se adentra en el mundo de la palabra para escribir palabras como mundos. Comparece ante sí mismo tras haber padecido, con intensidad y valentía, cada experiencia interna o procedente del exterior. Se sumerge en el mar de sus fantasmagóricas obsesiones.        Y entonces se confiesa.  Y entonces nos entrega el tuétano y la sangre de su agonía.  ¿Su agonía?   Sí: la lucha ante el conflicto de sentirse atraído por la aplastante realidad, una realidad que no es, para él, la ideal y que, inevitablemente, rechaza, movido por su deseo, por esa becqueriana “ansia perpetua de algo mejor”.  Atracción-repulsión que configurará su calvario, el dolor que habrá de dignificarle como hombre y catapultarle a la belleza como poeta.

Eco del Antonio Machado que sentencia:   “Nadie elige su amor”, el autor de Los placeres prohibidos declara: 

Poeta alguno
Su tradición escoge, ni su tierra, 
Ni tampoco su lengua; él las sirve...  

Ése es mi Cernuda: el que acepta, con la más ciega de las iluminaciones, su  tradición estética y existencial: tradición que va de Teócrito a André Gide pasando por Virgilio, Garcilaso, Góngora, Quevedo, Fray Luis de León, San Juan de la Cruz, Aldana, Bécquer, Larra, Baudelaire, Goethe, Browning, Hölderlin, Mallarmé, Rilke, Eliot.  Y aquel que, respecto al romanticismo y a la subversión sexual   (las dos revoluciones pendientes en su época)   actúa no como un revoltoso sino como un revolucionario.

Mi Cernuda es el talento verbal que, en la estela de Paul Eluard, acomoda la inteligencia romántica a la asociación de imágenes para unir vida y poesía. Emblema de la integridad leal a su destino. El disidente con el mundo. El que, desde su más profunda oscuridad en llamas, “habla con la luz”.

Mi Cernuda es el hombre desarraigado de su espacio, de su tiempo, de sus contemporáneos; clara constatación de que el poeta está fuera del mundo por llevar un mundo dentro.   Quien, con impecable dignidad, solicita asilo moral a la palabra.  Quien consigue la mayor eficacia comunicativa con el más elegante ascetismo expresivo: ascesis poética  probablemente  aprendida  en  sus  lecturas  de  Pierre   Reverdy.

Es el militante de un paganismo doliente.  El progresista, más preocupado por la inanición cultural, espiritual, de España que por su depresión material.  El que padece angustia existencial, sabedor de que la intensidad de sus deseos nunca superará la intensidad de sus posibilidades para hacerlos realidad.  El que, perdidamente, abraza la quimera.  El que idolatra la belleza  (cuyo paradigma asigna a la juventud)  y apostata del  derecho y de la tentación de la vejez a profanarla: 

                    Mano de viejo mancha
                         el cuerpo juvenil si intenta acariciarlo.

Mi Cernuda es el poeta inconformista, no claudicado, rebelde siempre, que investiga a favor de una renovación de la lírica española cuya tradición, hasta él, daba signos de cansancio y anquilosamiento;   una lírica  -me atrevería a decir-   obsoleta  temática y formalmente...Porque quien considere las reflexiones de Robert Langbaum referidas al monólogo dramático, y aplicadas a la poesía, valorará hasta qué extremo el acercamiento de Luis Cernuda a los poetas metafísicos ingleses amplió su perspectiva hacia el futuro enriquecimiento de la lírica hispánica: pienso en la obra de Joan Vinyoli, Gil de Biedma, Francisco Brines o Juan Luis Panero.

Mediante la utilización de la segunda y tercera persona gramaticales, nuestro poeta recurre al monólogo interior para ficcionar, liberado de histeria personalista, la historia real latente en sus poemas.       Y al enfriarla, desnuda ya de radical subjetividad, concede carácter objetivo, universal, a sus ideas y sentimientos más particulares. 

Consigue así acercar, trascender, el yo autobiográfico a cada receptor y decididamente cómplice, seducido por la autenticidad y la belleza del mensaje.

Mi Cernuda es el mago del lenguaje pensante, de la existencialidad de la lengua; capaz de disolver en poesía, hasta invisibilizarlos, los coágulos y grumos de filosofía estranguladores  -en tantos otros casos y otras obras-  de los sentimientos y emociones agitándose en el poema, como náufragos, hasta acabar asfixiados. Habilita así una atmósfera reflexiva nada sofocante, de un aire fresco respirado con provecho únicamente por las voces mejores de nuestra poesía contemporánea.

Más con carácter amonestador que dogmático, mi Cernuda ejerce un meditar aplicado a la vida con manifiesta intención de sabio didactismo moral.  Entonces su poesía adquiere dimensión oracular y mórfica. Entonces sus versos toman forma y valor aforísticos, de máxima o sentencia. Rasgos que podemos comprobar en el poema “El poeta y la bestia” , cuyo tono heredó Gil de Biedma:

Hay en la vida quienes dejan que la vida les viva

Y quienes imponen a la vida dirección y sentido,
Mas son excepcionales los unos y los otros:

El hombre medio, si no acepta

Enteramente que la vida se le imponga
Tampoco acepta el imponerse a ella.
Eso se aprende, si se aprende, tarde,
Cuando de nada sirve y, aun sabido,
Poco puede servirnos saber sólo:
Conocimiento sin poder resulta inútil.

Estos versos revelan una cualidad importantísima en la obra del autor de Poemas para un cuerpo. Me refiero a la densidad, a la acumulación de sentido  en el decurso poemático. Densidad de pensamiento activo que tiene relación con la correspondiente fórmula física D = M / V. Es tan grande e intensa la masa de este pensado decir, que el volumen textual resulta mínimo, y el concentrado de contenido se hace máximo, alcanzándose así tan alta densidad. Es por ello que estamos ante una poesía de peso. Y otra vez nos ofrece la Física su fórmula aplicable:

  P = m . g , siendo aquí la gravedad sinónimo de profundidad y trascendencia.

En relación con lo anterior, mi Cernuda es también aquél del más lento decir; decir que nos penetra no como clavo veloz (que tal fácilmente entra a golpe de martillo, fácilmente se extrae con tenazas) sino como  tornillo lento desgarrando nuestra conciencia. Decir con el que nos compenetramos... Baja, muy baja es la velocidad de esta poesía: ¿Por qué? Nos responde la Física con su fórmula  V = e / t.   Esto es: al incrementarse el tiempo (el divisor) de lectura que los poemas requieren  (por exigencias de condensación, complejidad y cohesión del mensaje), la velocodad (el cociente) disminuye.

Mi Cernuda es el poeta de la música opaca, que se escucha muy cerca por más que venida de muy lejos; música oscura, apagada, espinosa, música sorda, como conviene a una poesía escrita para ser leída en voz baja, en la más cerrada y concentrada intimidad y, mejor, en silencio; no para ser cantada, antes bien para ser contada.

Si la canción es palabra con música, la poesía es palabra de música: Ritmo y melodía resultan consustanciales a la forma  en poesía, incluso escrita en prosa. La música de mi Cernuda (hecha de heptasílabos, endecasílabos y alejandrinos) no es música de viento, metal o percusión; es música de cuerda, en las notas más graves, para violoncelo o piano. Música de madera muy seca, de la piedra más dura.

Y si admitimos que la palabra es la casa del ser, de las cosas y del acontecer, habremos de aceptar que la poesía es también arquitectura. El brutalismo  - que deja ver el tejido y los nervios de la estructura-  sería la característica idónea atribuible a la carnalidad de las construcciones de nuestro poeta. Estas construcciones figurativas, del más amargo realismo existencial, tienen como colores dominantes el amarillo apagado y el encendido gris.

Mi Cernuda escribe, como vive, una poesía sobria, seca, compacta, expresionista, en la que no tiene cabida el ornato de la bisutería. Una poesía, no obstante, rica, pese a su desnudez; que no necesita enjoyarse con excesivos recursos de realce expresivo. Mas cuando estos aparecen, como un goteo, lucen por sí mismos con luz natural, de estrella, no con luz artificial de vela, de linterna o de mechero. Su taller de orfebre del lenguaje talla perlas en forma de

Metáfora :

                El pecho del mar         (“El joven marino”)

Imagen:

                El sol de lengua ardiente sobre el negro diamante  de tu piel                     (“El joven marino”)

Paradoja :

                Vivieron muerte, sí                   (“Ser en Sansueña”)

Anáfora :

                  Donde habite el olvido

                     Donde yo sólo sea

                     Donde mi nombre deje
                     Donde termine este afán
                     Donde al fin quede libre

Repetición :

                 Vivir para ver esto.
                     Vivir para ver esto.

Símil o comparación :

                        Es el bosque de plátanos, los troncos altos, lisos,
                              Como columnas blancas plantando el horizonte                                                            (“Urania”)              

Silogismo:

                        Si no te conozco, no he vivido.
                        Si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.

                                         (“Si el hombre pudiera decir lo que ama”)

Mi Cernuda es el almendro amargo en sombra resignado a la decepción, a la desconfianza, porque sabe que el amor es toda la luz del mundo: luz tan frágil como destructora.

Mi Cernuda es, en fin, el de aquellos poemas que, ya en la adolescencia, me cautivaron y atravesaron. Poemas que me siguen dando luz y aire pues, como seres vivos, respiran. Poemas-espejo que son, a la vez, objeto de belleza y sujeto de conducta.

Terminaré leyendo  algunos de “mis Cernudas”.  Aquellos poemas suyos que me han hecho más poeta y no dejan de hacerme más persona.

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Breve Currículum del conferenciante

Reside en Madrid. Ha publicado libros de poesía: Vida ávida, Lo terrible, Conocimiento del medio, La llegada del mal tiempo, Biografía de la muerte; de aforismos: Breviario, Huellas. Y los manifiestos Poesía y subversión y Poesía útil.  Ha traducido a Cecco Angiolieri, Teixeira de Pascoaes, Florbela Espanca y Àlex Susanna.

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