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Con la siniestra mano
Concededme, dioses, que escriba
con la siniestra mano, pero no
le concedáis destreza. Que ella sola
se afane en enseñarme, que las líneas
que trace sean,
como las rimas, tortuosas;
que una letra pueda leerse,
indiferentemente,
como una alabanza, un vituperio
a vuestros gestos inmortales
de dioses o de diosas;
que los versos inhábil- se entrecrucen
como vuestras miradas y silencios;
y, así, tan lentamente
como vuestras auroras y ocasos,
vaya sumando mundo
esa torpe escritura:
recobrando azul para el cielo
(que no era luz),
y el temblor de las aguas
(del pozo de los pozos), y
en todo, y lo demás, la sed perdida
(en sus cauces nacientes);
y cuando ya mis líneas quiera
enderezarse -ya adiestrada
mi torpe adrede mano-,
volváis los ojos displicentes
para que yo quiera deciros
no sabré con qué mano.
¿Por qué esconderme?
No me he querido hacer
esperar. He salido
apenas una brizna
de sol tocó en mi puerta.
Si el mediodía no era para mí,
¿por qué esconderme?
¿Por qué negar la luz
que horas más tarde
me iba a negar a mí?
Horas más tarde, el sol se ahoga
en el lago del mediodía,
y contra sus propias rodillas
rompe Apolo sus flechas.
Para lograr su monumento
De mano de escultor,
haría dioses
de barro y de metal
(y también cuerpos de humo)
y amasaría los sonidos
de la noche y los llevaría
a la piedra; y mis dioses
serían firmes como el bronce
y ligeros como la nube
y misteriosos como el agua
subterránea, y brillantes
como las entrañas del oro;
y algunas diosas
se me revelarían
para lograr su monumento,
en el que sus caderas
y sus sexos ardientes
violarían el mármol
y a las flores del agua.
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No me pregunta dónde voy
No me pregunta dónde voy ni digo
dónde voy ni pregunto
dónde va. Nos miramos
-yo, advertido de ver a un dios; y él
no creyendo que un hombre
pueda verle de nuevo.
El Dios soñado
Del mundo que yo ignoro tú procedes
ardiente de belleza
que yo ilumino porque sé que existe
tanta hermosura. Vienes tú, de frente
tú, como cae la hoja
del árbol y hasta mí la empuja el viento;
como uno de sus rayos
-que es él- me envía el sol; como yo digo
una palabra -que soy yo- y te digo
que vengas, que un momento
dejes de ser silencio
y sueñes mi palabra.
6
¿Qué hoguera está ardiendo ante mí,
consumiendo lo que no veo
para mostrármelo mejor?
Pues ya no veo al mundo que creía
mío. ¿Qué hoguera arde
entre su aire y yo,
consumiéndolo todo y despertándome?
Si es de día o de noche no lo sé,
pues más lumbre no llega
a mis ojos que de sus llamas
el resplandor que fue invisible.
Y no son llamas: es un cuerpo
transparente y desnudo
cuyos senos son nieve
que no disuelve el fuego.
Las sombras van cayendo
Las sombras van cayendo como un regalo de los dioses,
el más generoso, pues son
de sus incorruptibles cuerpos y de sus almas
inmortales imagen; y no
nos piden nada a cambio de este espejo
en el que todo encuentra su unidad
de nuevo, es otra vez, y cada vez,
como un latido hecho de movimiento y de quietud,
el puro pensamiento que se esconde
de sí mismo, acosado por la luz.
Un camino
Conozco que un camino se está abriendo ante mí
en las llanuras y en los montes
invisibles del aire.
Árboles no soñados lo flanquean
y le dan sombra. Lo he querido
y me siento sin ánimo
para ser su romero, que ¿a qué Roma
me elevará, o a qué país querido
más allá del deseo?
Cerca de él corre un río
y ya el agua me llega
al pecho: es transparente
y letal sin embargo. Y yo podría
ganar cuando aún es tiempo
su ribera, y tomar
el camino que tal vez yo he abierto.
Por los montes
y por las llanuras del aire
veo, entre las nubes y los pájaros,
bordeando abismos de luz,
ese camino que los dioses
se niegan, y me ofrecen.
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