Elvira Lozano nació en Zaragoza, en 1975. Es periodista. Ha vivido en Madrid, Barcelona y Tenerife. Ha hecho cosas tan extrañas como practicar la cirugía en un hospital de la República de Udmurtia, vacunar perros en Nicaragua o escribir un libro sobre la historia de la Astrofísica. Si con algo se identifica (ya que el periodismo consiste en saber un poco de todo, pero mucho de nada) es con la poesía. Ha ganado varios concursos literarios, entre ellos el de poesía de la Universidad de Zaragoza, en 1997. A veces, le gusta recitar. Una pequeñísima parte de su obra está traducida al serbocroata.

“Escribimos para atraer, seducir y consolar a los demás (...)  Para experimentar la vida dos veces, en el momento presente y en retrospectiva (...) Para poder trascender nuestra vida, para llegar más allá de ella. Escribimos para enseñarnos a hablar con los demás, para registrar los movimientos del viaje por el laberinto.” Anais Nin
 
 

Begoña Abad // Ana Alcaraz // Ana Blandiana // Daiva Cepauskaite // Elisabeth Hernández Quijano // Elvira Lozano // Margalit  Matitiahu // Olga Novo // Cristina Peri Rossi // Belen Reyes // Miriam Reyes // Carmen Ruiz Fleta // Ángela Serna // Krisztina Toth // Florence Vanoli //

 

(meñique)

En mi cabeza hay muchas cosas.
Unas tienen pelos, otras uñas
y hasta arañan. Otras tienen plumas,
incluso dientes, y una muela,
solo una, porque las otras las perdí
mordiendo los barrotes de la celda.

También hay sensaciones, que a lo mejor
son mas reales que los pelos y las muelas.
Perdón, la muela, se me olvida
que las otras las perdí
masticando la pistola.
Y es que duelen, el dolor del miembro
fantasma que dicen los científicos
con gafas.

Ah, se me olvidaba. Lo más importante
que hay en mi cabeza esta vacío. No son
ni cosas ni fantasmas. Son los agujeros.
Los que atraviesa el mundo
que hay ahí fuera.
Por donde asoman pelos uñas plumas
muelas, digo muela.
Por donde baten arañan sueñan
mastican, digo duelen.

Por los que escapan los fantasmas
de la celda.

Los agujeros de las balas.

 

(epÍlogo)

Creo que mi única forma satisfactoria de amar
es a través de las palabras.
O quizá, amar a las palabras,
hacer el amor a las palabras.

La mejor amante entre todas es la palabra
mullida donde recostar las heridas,
donde calmar el frío de los huesos.
La única que no traiciona.
La traicionada.

En la hora más ciega aparecen de súbito,
como la respuesta insospechada a una plegaria muda.
Son dulces y saladas, saben a promesas nunca prometidas.
Por eso nunca ofrecen:
son ellas las que se ofrecen.

Maltratadas, mancilladas, s u  c u e r p o  e l á s t i c o
r ec up er a  al  in sta nt e  s u  for ma  p rim itiv a    y   eterna,
cantando la canción de las cicatrices          olvidadas.

Sólo ellas me rescatan.

Las palabras.