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Las tendí de una cuerda en el patio.
Vacié de letras todos mis huecos,
chupé el polvo de la única palabra que ya no uso,
y me atraganté.
Después de perseguirte a distancia,
de aprender todos los gestos,
de peinarme frente a tu espejo.
De resbalarme cabeza abajo hasta tu sexo.
Apreté las piernas hasta hacerte daño.
Pasa el tiempo y las pelusas anidan en las tripas.
Han hecho un útero donde antes había estómago,
y en lugar de comer,
doy a luz todos los días una manzana de tristeza.
Si las nanas hacen llorar, ¿qué se les canta a los que nacen difuntos?
Te haré una canción que sepa a leche y así saldaré la deuda de no ser tu madre.
El suelo cada vez está más sucio y no me queda tinta para remediarlo.
En mi tendedor las manzanas se pudren antes de suicidarse
llevadas por la inexcusable tentación de la inercia.
Guardo tres recuerdos tuyos:
las calcomanías en la pared,
las pinturas de la habitación,
y cuando fuimos a encargar tu lápida blanca.
El resto son fotos de baños vespertinos
del único verano que viviste.
No volví a jugar contigo.
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