Retrato

Íñigo García Ureta

Dirección de la derrota

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Algunos Textos

La Edición
Ficha técnica
Acto de presentación

El Despabilado

Un amigo mío acaba de tener un hijo. Me llamó el otro día para tomar un café, y me contó que era el primero, y me habló de la responsabilidad que supone, aunque lo hizo de forma sobria. Tan sólo musitó esto: "Ellos crecen". Sé que él me estima, y sé que no fue un chiste sutil cuando me preguntó por los consejos que yo -de ser él- daría a mi hijo para encauzarlo en la vida. Debo confesar que no supe qué responder y que por eso escribo estas notas. Por su hijo y por el de aquellos que conocen perfectamente que ellos crecen.

Y yo, de ser él -que no lo soy- le diría a mi hijo que lo bueno viene con lo malo, que desde el comienzo de los tiempos hubo quien habló de decadencia, de muerte, de miseria. Que, si bien la miseria, la decadencia y la muerte existen, existe el goce infinito de ser un mortal que vive por tiempo limitado. Que nosotros mismos tendemos a ser nuestros peores enemigos, que aquél a quien haces reír difícilmente tendrá nada contra ti. Que nos bastan pocos pero fieles, que nadie escapa a rendirse cuentas a sí mismo, que el tiempo se acaba pero que es siempre el necesario. Que los padres aman a los hijos cada hora, que los aman cuando meten la pata y cuando les brindan todo lo que buenamente pueden darles. Que una persona encerrada en sí misma tiene una tarea mil veces mayor que la de aquellos que saben comunicarse, pero que en ocasiones uno debe seguir su instinto más allá de los demás. Que los buenos amigos se conquistan a conciencia y que, con ellos, la vida nunca se devalúa. Que a medida que pasan los años uno desea preferiblemente acostarse con aquellas mujeres con las que le encantaría desayunar a la mañana siguiente: que un abrazo puede valer más que un coito y que, no obstante, un coito vale lo suyo. Que uno a veces aprende a golpes, que el amor duele como duele pagar una factura telefónica pero que no hay distancias si uno puede tener la voz querida presente, aun a través de un hilo telefónico. Que hay que ser obstinado y generoso, que nadie es del todo bueno si no sabe cómo funcionan quienes son malos y que, de significar algo "bueno" o "malo", es preferible ser bueno mil veces, cien mil veces, cien mil veces cien mil veces. Que dicen que la venganza es un plato delicioso, pero que ser vengativo no abre ninguna puerta hacia aquello que llaman "felicidad". que mis propias respuestas no podrás ser tan preciadas como las que él -aquel que crece- podrá otorgarse a sí mismo. Que los viejos fueron jóvenes y que los jóvenes aspirarán a ser viejos. Que el amor existe en sus propios términos y vale lo que vale, que da sentido a tantos sinsentidos que uno a veces ni sabe ni pide más. Que todos debemos mejorarnos y que difícilmente se puede ayudar a quien no empieza por ayudarse a sí mismo. Que quien no aprende de una mujer es porque cree saberlo todo. Que, obviamente, siempre sabemos muy poco.

No pensé que mi amigo fuera a tomar en cuenta todos estos consejos. Así que, tan sólo, le dije que espero que su hijo aprecie el vino y la vida, los libros y el silencio, las canciones y las amistades. Y, como quien se excusa, añadí: "que por ti adquiera la conciencia de que, en esta vida, lo único que acaba importándonos son las personas". Mi amigo apuró su café, se le hacía tarde, me dio la mano, se fue. Y allí me quedé, pensando en todo esto, con la conciencia de que la vida sigue aun enfrente de un café frío. El día que tenga hijos, el día en que crezcan -pensé- espero que un día se acuerden de su padre aunque no me llamen, acaso por la factura del teléfono, acaso porque en el fondo intuyen que nos dijimos pocas cosas, pero las necesarias. Ese día, que hoy no existe, espero que recuerden que su padre también crece.

 

 

El Dolido

Enceraste tus propios senderos.
Sus aguas tristes
Te mancharon los bajos.
Los trenes se suicidaban
Contra tu persiana.
No quisiste

Anchar tus espaldas
No quisiste
Poder con
Poder contra
Poder.
La sed gastaba dientes de oro.

Torpe bufón mío,
No prestes tu voz a los nervios.
Torpe bufón mío,
Debes mimar tus esperanzas.

 

El Domador

No se estanque más estima que la propia.
No se ubique en otro punto que en la inopia
el pensamiento: mera palinodia.
No se ensucie el silencio con prosodia.

No se guarde más bien que el del acopio.
No se espere más futuro que el del opio
del noble: saberse lleno de odio.
No se ascienda, si no se asciende al podio.

No se parta, si no nos parte un rayo.
No se dé, si no se da la talla
y, de dar, darlo todo salvo el callo.

No pasarse, ante todo, de la raya.

No se olvide el nombre del lacayo
ni de dónde proviene la canalla.

 

El Detallista

Habla, y al hablar harás felices
incluso a las palabras que no incluyes:
felices de ver que te prostituyes,
felices de sacarte cicatrices.

Por la boca muere el pes. Lo que dices
no habla por ti. No avanzas: huyes.
No das significado: lo destruyes.
Y hablas: y al hablar te contradices.

 

El Descontento

piensa en la corriente necesaria
Para alimentar de luz mil rascacielos
Y no será bastante para darte
La milésima parte
De toda la energía de tus celos.
No la malgastes pensando en que la quieres.

Trata de hablarlo. Antes, sé autocrítico.
O compra pilas, que hay otras mujeres.

 

El Donante

Javier Muguruza

"...Si vienes a mi casa siempre tendrás un cenicero vacío, limpio para ti. Fumaremos, sin otras palabras que las que se cuelen por la ventana abierta, y el mundo estará ahí, y tú estarás a resguardo del mundo..."

 

El Devoto

Luis Alberto de Cuenca

Desde que tú te fuiste, no sabes qué despacio
pasa el tiempo en Bilbao. Ahora siempre es domingo.
Y sueño con enanos que me roban tus fotos
y les pintan bigotes a las que te llevaste.

 

El Demorado

Pude escribir, es cierto, los desvelos
Que ostenta cada pájaro en su rama,
Pero ahora atiéndeme lo que te digo:

Jamás osé alcanzar tan altos vuelos.
Sólo quiero ser un pez de Klee en tu cama,
Pez de Klee, anzuelo de tu ombligo.

 

El Deshidratado

A una florecilla hay que besarla
luchando con sus labios
erizándole el vello
mordiendo campanillas
con ritmos brasileños
una y otra vez,
paciente, enhiesto, suave,
besarla hasta que ría
y sea de contento
y un rastro de saliva
bautice con su aroma
esos muslos que nos iban a ahogar.

 

El Distraído

Acaso sólo intente actos reflejos
Mas no saber cómo llegar más lejos
jamás supuso haber perdido el ritmo.

 

El Descansado

Pinto mis día difuminados
y acaricio
los secretos dones
de llamar rutina a lo propio.