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Luisa Gómez GascónAl Pie del MoncayoCuentos y Leyendas |
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Un cuento |
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En la fría noche |
Aún estaba todo oscuro cuanto Amelia Orgáz, puso los pies en el suelo. Las losas de barro estaban cada día más frías y ni las medias de lana, que antaño tejió para su marido con la última lana que el hombra había hilado, le hacían entrar los pies en calor. Rediós, que tenía los dedos como los carámbanos que colgaban del alejo del tejado. Y cómo echaba de menos las noches en que dormía al lado de su Enemencio. En aquellas veladas de invierno, Amelia se entretenía con alguna costura al amor del hogar mientras esperaba a que su marido se metiera el primero en la cama. Y cuando calculaba que las sábanas estarían templadas, recogía la ceniza con la badileta y echaba un buen madero a la lumbre para que las ascuas durasen hasta la mañana. Después, entraba sigilosa en la alcoba, apagaba el candil, se quitaba la chambra y las enaguas y se acostaba bien apretada contra su marido. La mujer solía meter la punta de los pies entre las pantorrillas velludas del hombre y al poco rato los tenía calientes como ascuas de rebollo. Para Amelia, sentir aquella tibieza entre las mantas y el colchón de lana, era como adentrarse una vez más en el seno de su abuela materna, que fue quien la crió. Y mientras conciliaba el sueño, le venía al recuerdo los pechos que la amamantaron, el tacto de los pezones en su boquita y el manantial de leche tibia y dulce que succionaba hasta quedar saciada y feliz. Y en esta duermevela, se aferraba al cuerpo de su hombre, que le levantaba el camisón de cáñamo y le buscaba los pechos con avidez, como si deseara que aquella fuente manase también en sus propios labios. En aquellos tiempos, los inviernos no eran inviernos por muy fríos que vinieran, y eso que las nevadas dejaban los campos pedregosos como suaves llanuras. Pero desde entonces había pasado mucho tiempo y hoy Amelia había perdido la cuenta de las noches transcurridas sin el calor de hombre alguno a su lado. La mujer se incorporó de la cama e irguió su achacosa espalda, ayudándose del respaldo de la silla, se vistió y encendió una débil bombilla. Se miró al espejo y reconoció su rostro entre las arrugas de la piel. Mojó una peineta de concha en el agua de la palangana y estiró su melena amarillenta hacia atrás. Luego, la recogió en una delgada trenza, abrió con algún diente un par de horquillas y se apañó un moñete en la nuca. Por último, remojó la punta de una vieja toalla, se repasó la cara y el cuello y se volvió a mirar durante unos instantes en el espejo quebrado. Cómo la cambian a una los años... Suspiró y se dirigió a la cocina. Pedro había cebado el hogar cuando su madre apareció por la cocina y se encontraba sentado en el banco al lado de la lumbre. - ¿Qué, no has dormido bien esta noche? Raro se me hace que estés ya en pie -le dijo Amelia, casi sin mirarle, mientras buscaba el puchero de la leche en la alacena. Pedro señaló hacia el fuego bajo de la cocina. - No busque usted, que ya está caliente. No sé qué me rondaba esta noche. No he hecho otra que dar vueltas en la cama. Amelia colocó dos tazones descarillados sobre la mesa, tomó el puchero con un trapo y vertió la leche en los cuencos. Luego, sacó del cajón de la mesa una Hobaza de pan envuelta en una servilleta. - ¿Qjué te tiene preocupado, hijo? - ¡Bah! Tontadas. Se hizo el silencio entre ellos. Se sentaron el uno enfrente del otro, alrededor de la mesa. Pedro cortó una rebanada de pan, lo troceó con los dedos y echó los pedazos dentro de la leche. Después, repasó la mesa con el canto de las manos y echó las migas en el cuenco. Entre tanto, miró a su madre de soslayo. Desde hace algún tiempo, la sentía suspirar más de la cuenta, como si el aire no le llegara a los pulmones. En ocasiones, le sorprendía con la mirada perdida en las brasas, dendaleando en sabe Dios el qué. Cuando Amelia se sentía observada, cambiaba el semblante y se giraba hacia su hijo con una sonrisa tierna. - ¿Qué querrás que te haga para cenar? Seguro que hoy vendrás harto de agua. No ha parado de llover en toda la santa noche. Pedro volvió a su tazón de leche y sopas. - Lo que sea menester. Igual me importa. Amelia le metió en una bolsa de tela el resto del pan para el almuerzo. Tomó una garrafa y bajó a la bodega a por vino para llenarle la bota. Cuando volvió a la cocina, respiraba con fatiga. -Cada vez están más pinos estos escalones, válgame Dios. Pedro se levantó y le ayudó con la garrafa. -No quiere usted darse cuenta, madre. Que no puede darse estas palizas de trabajar. - ¡Qué sabrás tú! Aún me quedan fuerzas. Más de las que te crees ¿cómo voy a dejar toda la faena para ti? Bastante tienes con ir pastor y llevar los campos. Pedro se acomodó el morral al hombre y se cruzó la bota en el pecho. Luego, se caló la boina, tomó la manta y la gayata y abrió la puerta. El día estaba oscuro, de temporal. El cierzo pegaba fuerte y traía ráfagas de agua. - Buen día tenemos. No se le ocurra a usted salir, no me sea terca. Antes de marchar, el hombre salió a la leñera para dejarle a su madre un buen brazado de troncos. Mientras recogía los tarugos, recordó la imagen de su padre la noche en que murió y reconoció a su madre, veinte años más joven, sentada en una silla al lado de su marido, con la mirada perdida en las losas del suelo. El día que su madre se muera, me quedo más solo que el junco en el agua, pensó. Al llegar a la casa, le dio una patada en la puerta y entró. - Aquí tiene, para que no le falte lumbre. Y ya arreglaré yo los animales a la noche. Quédese quieta. Amelia se acercó a su hijo y le tomó del brazo. Esta vez le llegó hasta la mejilla y le dio un beso. - Ya sé yo lo que te ronda... El hijo sintió la tibieza del beso en su cara fría. - Déjese de hostias, madre -alcanzó a decir. Luego, se volvió hacia la puerta de la calle con un nudo en la garganta. Desde hacía algún tiempo, día y noche le vagana en la sesera la misma cantinela: Pedro, que madre no está para quedarse sola, que estás haciendo que se mate por ti. Pedro, que esto no es vida de persona, todo el dia con los bichos monte arriba y monte abajo, para luego llegar a casa y no tener a quien arrimarse y estar una miaja caliente. Y aquel día de temporal, mientras caminaba con las ovejas de cara al cierzo, Pedro Árcega, indeciso, estuvo calibrando sin buscar una mujer que les hiciera compañía a los dos. Pero la cosa no era fácil pues, aunque se decidiera por casar, las mujeres no estaban tan aparentes en aquella comarca como para encontrarse con alguna a la vuelta de una carrasca. Además, dile tú a una moza que se case con un astor cuarentón y verás qué te contesta. A la hora del almuerzo, el hombre se cobijó en una corraliza medio hundida. Las ovejas bebieron agua en la alberca y se tumbaron todas muy juntas para esquivar el viento. Pedro le dio un trago al vino, se peló una cabeza de ajos y se los comió con el pan. El viento se llevaba las nubes grises en estampida y de vez en cuando, el sol se dejaba entrever tras los jirones oscueros. Un sol entumecido, avergonzado, pero con la luz necesaria para desplegar un arco iris entre peña y peña, como el vano de una puerta hacia el Poniente. Pensó en el tiempo que llevaba sin ver a una mujer que no fuera su madre. Lo menos medio año, desde las últimas fiestas. Y total, para verlas bailar con sus novios o unas con otras en parejas, mirando de reojo, picarón, a otros más jovenzanos que él. Así mataba la noche, en la esquina más alejada del baile sin acercarse a ninguna moza, agarrado a un vaso de cubalibre de aquellos. Y claro, al quedarse solo, empinaba el codo más de la cuenta y a mitad de la noche se ponía faltón y se arrimaba al trasero de las mujeres sin importarle si eran casadas o solteras. De esta manera, las fiestas acababan en trifulcas y Pedro había tomado fama en la comarca de pendenciero y mal hablado. Pero el resto del año, pasaba muchos días sin decir ni amén, más que nada porque no tenía con quien hablar de no ser con su madre. Al menos antes, en vida de su padre, el hombre tenía algún respiro: salía a la capital un par de veces por año y volvía más o menos remediado. Eran caras, eso sí, las mozas de Doña Berta, pero al menos no le daban a uno prisa y te dejaban más que a gusto. Había una chavala morenica que era cariñosa como ella sola. Carmina, se llamaba. La de veces que se acordaba de la mosa, cuando volvía a la aldea. Ahora, bien hubiera dado todos los ahorros, que guardaba detrás una piedra del muro de su alcoba, por haberla tenido junto a él en las noches de invierno cuando no podía conciliar el sueño.. Al cabo de un rato, las ovejas comenzaron a desperezarse y Pedro continuó el camino hacia el encinar. La ventisca arreciaba y el frío le azotaba en la cara hasta no sentir el pelejo. Volvió a pensar en su madre, sola en casa. Cada invierno que transcurría se le antojaban siglos en la cara de Amelia, a saber si éste no sería el último. Y por segunda vez en aquel día, la imagen de Enemencio Árcega se le vino encima. Lo vio igual que cuando lo enterraron, con su mejor traje de paño gris y una venda alrededor del rostro para mantener cerrada la mandíbula. Y se imaginó que su madre yacía a su lado sobre la tierra mojada, con la tez del color de las velas, mientras iban cayendo paladas de barro por encima de los cuerpos. Le entraron ganas de salir corriendo hacia la casa y de comprobar desde el ventanuco si Amelia seguía allí, sentada en la lumbre pelando borrajas para la cena. Sintión el mismo nudo en la garganta, la misma sequedad en los ojos que le impidió llorar el día del entierro de su padre. La lluvia dio paso a una nieve aucosa y fina que se le metió al hombre por el cuello. Pedro salió de sí mismo y miró hacia el horizonte. El viento se encañonaba por el barranco y se llevaba hojas, nieve y agua en remolinos furiosos. No era fácil manejar los animales con aquel temporal pero era ya media tarde y al barruntar la noche, las ovejas hacían por volver al redil. El hombre rodeó al ganado y anduvo deprisa hasta el corral. Una vez encerrados los animales, ordeñó las cabras y, con el cántaro de leche en la mano, regresó a su casa cubierto con la manta para protegerse de la ventisca. Caminó deprisa cuesta abajo y era ya plena noche cuando Pedro alcanzó la última curva del camino. Desde allí divisó la casa difuminada entre ráfagas de nieve y viento. El vaho empañaba el cristal roto de la ventana, recompuesto con un trozo de cinta aislante. Dio una patada a la puerta, se sacudión el agua de la manta, se quitó la boina y dejó la manta colgada en la gayata. Entonces se giró hacia el hogar. Su madre se hallaba sentada en una silla baja, cerca de la lumbre, con la cabeza gacha. Tenía entre las rodillas una cesta de patatas. Enemencio Árcega estaba al lado de ella y la sostenía de una mano. La mujer no hizo ningún ademán de mirar a su hijo. El gato ronroneaba y daba vueltas alrededor de la pareja. En la mesa, un solo plato con judías y patatas y un vaso de vino tinto. Pedro se quedó clavado en el suelo. Su padre se volvió hacia él y le miró un buen rato. Luego, vio al viejo tirar de la mano de Amelia y ella le siguió hasta la alcoba. Sin embargo, el cuerpo de su madre continuaba inmóvil junto al fuego. Antes de que perdiera de vista a la pareja, la mujer se volvió hacia su hijo y le dijo con tristeza: -Hijo, ahí tienes la cena. Ya te dije que vendrías harto de agua... Al día siguiente, Pedro Árcega montó en el carro y fue al cementerio. El lugar quedaba a medio camino entre su casa y la aldea. Los restos de su padre estaban sepultados cerca del muro. En el suelo, aparecía clavada una cruz humilde de madera con el nombre de Enemencio Árcega grabado en los brazos. Pedro tomó una pala y los desenterró. Luego recogió los huesos en una sábana, regresó hacia la casa y allí, en un rincon del huerto, ahondó un agujero profunto y enterró a sus padres, envueltos en la misma manta por si el frío del invierno. Los dos unidos haciendo una cruz, esternón junto a corazón, con la cabeza de su madre orientada al sur, y el cráneo de su padre mirando hacia el Moncayo. Desde entonces, cada ño, el día que comenzaba el invierno, el hombre se sentaba junto a la tumba de sus padres al amanecer y miraba hacia los montes, mientras murmuraba algo que parecía una oración por sus almas. Pedro Árcega vivió solo el resto de sus días. |
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