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A la Vida, a la Muerte y a mi Bienamada
Un libro de poemas con unidad tiene, en sus mejores casos, un objetivo no explícito en su arranque y que se va revelando al propio autor en su desarrollo. No puede haber, a mi juicio, una voluntad de hacer esto o lo otro, sino un abrirse a que el poema se haga. No obstante, en ocasiones, se da un pie, en el que ya se halla, conscientemente o no, la orientación a seguir.
En este libro de Vicente Pascual Rodrigo, el motivo de partida son ciertos episodios de una leyenda de la antigua Arabia, titulada Laylâ y Majnun. Se trata ésta, como él mismo hace constar en el encabezamiento, de “una bellísima historia de amor”. Podríamos pensar que todas las historias de amor son siempre la misma historia, pero no sería del todo cierto. El amor tiene distintos posibles niveles y, en este libro, se va al más profundo de todos ellos. El amor, en a la Vida, " a la Muerte y a mi Bienamada", es el que mueve a todos los seres y cosas del cosmos hacia la convergencia en lo sagrado.
La mirada y el sentir están empapados de amor. El poema no puede ser un soliloquio, sino un diálogo. Y éste es aquí con la amada, una amada que es la realidad toda, encarnada en el símbolo. “Así es mi bienamada: / amor, dicha y el reposo”. La visión del mundo visible y, si se me permite decirlo así, del invisible –que siempre se ha de hacer visible de un modo u otro en la poesía- y el temblor y fulgor del verso tienen el sabor de la poesía de San Juan de la Cruz: “Como esa corza entre riscos. / Así es / el arrullo de mi amada”. Pero ya sabemos que el gran poeta místico, uno de los más excelsos de la literatura universal, se inserta en una larga tradición de entendimiento de la poesía como manifestación de un sentimiento sagrado, relacionada, en cierto nivel, con el sufismo, del que puede haber también ecos en la leyenda arábiga que sirve de pie al libro.
Hasta llegar a ese punto final, el poeta ha de sortear diversos espejismos que tratan de retenerlo. El mundo se presenta como conflicto, como lucha. Aparecen ante él continuas bifurcaciones. Todo, en el mundo manifestado, implica división, dualidad. Es fundamental la que supone la existencia del tiempo. El poeta mira el río y se dice, con Heráclito, que “el agua que lleva (…) ayer era otra”. Y se confiesa que, en verdad, no sabe lo que es un río. Como no sabe lo que es su propio cuerpo, “siempre cambiante”, y cuando “la vida en que hoy vive / ayer aún no era”.
Siempre, la consideración del tiempo, como obstáculo. Y, siempre también, la presencia de la muerte, porque el tiempo es manifestación suya. Y, como ha podido escribir todo poeta, Vicente Pascual se dice: “Calentaos en mi hoguera, / que hace frío en esta noche / y quizás no haya mañana”. Y la sensación que tiene el lector es que nos hallamos en pleno desierto y en plena noche, y nos rodean los límites. Lugar que no es burladero, sino el campo donde la muerte y la vida están en juego. Y cuando el combate haya concluido, el presente será puerto del que se ha de partir, sin preguntar hacia dónde.
El camino que sigue el poeta es el de ir disolviendo las contradicciones que va encontrando. Si bien puede pensarse que, como dicen: “es amarga la partida (…) y es dulce el buen encuentro” prefiere creer que “No hay encuentro sin partida, / ni partida sin encuentro”. Siguen versos, en este poema y a lo largo del libro, de una belleza limpia, desnuda, de palabras que se suceden con la fluidez y serenidad de un curso de agua oculto en la montaña. Versos felices, con aires de poesía sabia y de poesía popular, que beben en las mismas fuentes: “¡Mirad, que viene el viento! / Que se lleve el humo, / que lo lleve!” (humo que está en nosotros, el de nuestra ceguera). Y sigue el poeta asombrado, maravillado: “¿Habéis visto lo que he visto?”.
Dualidad clave es la de vida-muerte. Y ello es causa de que esté “la emoción quebrada, / bajo lágrimas quemando. / Y este cuerpo dolorido”, porque “No ha de andar lejos la muerte”. Así que, en un primer estadio, todo lo que parecerá sereno al final del viaje, es ahora motivo de dolor y espanto: “¡Qué terrible y apacible está la mar!”. Y, situándose en el tiempo, el poeta reconoce que “Cuando yo fui alumbrado / ya conmigo tú naciste. / ¡Oh, mi muerte!”. Aunque luego amplíe esta consideración diciéndose: “Y es que a mí se me parece / que con muerte viene vida. / ¡Oh, mi muerte!”. Todavía, el poeta se siente detenido en la dualidad. Y, por lo tanto, en el temor.
Pero esta dualidad de vida y muerte, que todo lo cubre o colorea, acaba disolviéndose, no en un intento, que sería vano, de luchar contra lo negativo, sino en la aceptación del presente como momento único: “Y es que es todo un solo instante. / Un instante que perdura”, leemos. Un presente en el que se desvanecen el pasado y el futuro, y la actitud del poeta es de plena aceptación: “Y cuando venga la muerte / me dirá: ya está. / Le diré: ¿ya está? / Y me dirá: ya está”. Así de sencillo.
El poeta, al final del camino trazado en este magnífico y logrado libro, que se ha ido abriendo a su paso, se tropieza con un vacío iluminado. Mira el vacío, oye el silencio –objetivo de la mejor poesía, como de la mejor música, la mejor arquitectura y, en general, el mejor arte-, y percibe que, gracias a la visión de ese vacío, lo que era ausencia, ahora es “fresca presencia”. Integrado el poeta con el destino final del poema, el amante con la amada, cuando no hay ya distinción entre los seres y las cosas, cuando todo es Uno, en la visión del poeta, éste ha de preguntarse “¿De quién son estos mis versos? / ¿De quién son si es que son ciertos?”
José Corredor-Matheos Barcelona, 2008
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