Vengo desde una tierra de palomas
violentas y de espejos hechizados
por cielos minerales. Soplo un polvo
de abrasadas miradas de interiores
con puentes de caliza, tasco un hielo
de niebla y cal con labios descarnados.
Vengo desde mi tierra, manos toscas
forjan el alma y me agarrota un cuerpo
de huesos deslumbrantes, soy un árbol
en mar de magra de esculturas,
crezco en la adolescencia de la piedra
y el vacío con dientes del espanto.
Vengo desde mi tierra, al desvarío
de pájaros lunáticos en dólmenes
de fraguas saturnales que me empujan
a abrir la boca, entrecerrar los párpados,
crispar las manos, doblegar las piernas
en un bloque de sol de ojos vacíos.
Acerco a este paisaje la mirada
de cielos verdes y caricias de árboles
y empiezo a sonreír. Vendrán con márgenes
doradas y con siega de esperanzas
otras canciones, limpios corazones
más imaginativos. No la ronca
voz de los grajos que no cesa. Cielos
pulsados por la cuerda de unas albas
menos hirientes, mañanadas libres
sin piedras rencorosas, otros soles
rodando con los carros de la tarde
tierna de hierbas ágiles. Y un viento
que ha de sonar en otros pechos nuevos
menos ventrudos y unos ojos frágiles
para el amor y el sueño. Así, quien viva
verá que de estas piedras macilentas
no ha de quedar ni el polvo bajo el sol.
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Ásperos dedos, manos arrugadas
modelaban la tierra en su caricia
de sueño por palacios encantados
de escarcha. Golpeaban en el hueco
del corazón del árbol y alcanzaban
pálidos dones. Descendía el cielo
muy lentamente hasta las copas bajas
y el viento deliraba. Blancas noches
en ávida tensión ante el hechizo
violento de la luna y las estrellas
adormiladas. Negros los viñedos
surgían de la niebla entredorada
por frágiles campanas aurorales.
Penetro en mi aposento la llamada
de un mar en sueños y sonó la luna
como un timbal ahogado entre las aguas.
Había entrado el alma de un lamento
con nubes bajas y llovía al fondo
de todos los caminos interiores.
La imagen que de mí se desprendía
se reflejó en un muro sin cadenas.

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