La llama y la ceniza. Antología poética
Manuel Neila, poeta, crítico literario, traductor y cultivador silencioso del cuerpo y del alma de las palabras, reunió recientemente en un volumen sus ocho libros de poemas, publicados entre 1978 y 2022, bajo el título Las horas sucesivas, que selecciona ahora en esta Antología poética. El título de su poesía completa alude, como el propio autor señala, «a la sucesión de horas que marcan nuestra vida», horas que el poeta convierte en una conversación consigo mismo y con el mundo, en la que la reflexión y la emoción son inseparables. Una conversación apoyada en una riqueza métrica en la que conviven el verso tradicional con el poema en prosa, el haiku y el aforismo; lo que le permite al lector recorrer su propia vida mediante un ejercicio en el que la inteligencia y el corazón marcan la misma hora, pues éste escuchará al unísono los latidos del pensamiento y del sentimiento. Todo ello puesto al servicio de la celebración de la existencia contra viento y marea, y partiendo siempre de un estado de alba, en el que lo recién nacido aún no está manchado, de una concepción del ser en advenimiento, lo que implica que nunca se nuble la visión de la niñez:
Ahora cierra los ojos, echa la vista atrás,
y el sol sigue luciendo en los días antiguos.
Y ve con claridad
al niño que salía de su casa,
y en el río lavaba las heridas
de aquel mundo tan nuevo.
La infancia desde luego, pero también el amor, el arte, la propia creación poética y, sobre todo, la naturaleza, tejen el tapiz de la vida del propio poeta, nunca desconectada del resto del mundo; naturaleza que cristaliza y esencializa lo que nombra, alumbrando los momentos profundos por los que pasa nuestra existencia y que, en el caso del amor, adquiere una dimensión cósmica, muy aleixandrina, que se observa, por ejemplo, en estos versos:
Todavía recuerdo
tu piel albar saliendo de la noche
con el verdor desnudo de las cimas.
Tú venías e ibas,
como un río surcado por la luna.
O estos otros:
Cuando cierro los ojos, te recuerdo
tendida sobre un cauce de musgo y hojas secas,
y siento tus caricias de arroyo enardecido
que sigue su camino a contra muerte.
No, no dejes que el tiempo encadenado
descomponga tu imagen sucesiva.
Yo seguiré esperando, con los sueños abiertos,
cada vez que regreses del fondo de la noche.
En esta conversación íntima y colectiva que mantiene Manuel Neila, en este viaje de él al mundo y del mundo a él, espacio y tiempo a veces se confunden; espacio que es aposento del ser y que crea biografía; tiempo cuya temperatura mide, de nuevo, la naturaleza: las plantas, los árboles, las piedras y, de un modo muy especial, la luz, basal en estos poemas porque es engendradora de vida:
Qué premura de luz entre las cosas.
La he visto tantas veces
arder en los serbales de la infancia,
consumarse en los surcos del amor,
consumirse en los ojos que la miran.
Promisoria como el aire o los sueños,
la claridad acoge
las fábulas del tiempo y la memoria.
Conciencia desvelada: ¿a quién asirse
sino a aquella que vela por nosotros?
Ahora llega impaciente, está llamando
a las puertas del día:
esa luz presurosa que nos colma,
nos consume… y dispersa las cenizas.
Luz amanecida por la mirada que en esta poesía se integra en lo mirado y que, como dice Manuel Neila, «la naturaleza nace de la mirada del hombre, y la mirada del hombre se debe a la naturaleza».
Hay veces que mientras leemos sus poemas sentimos la plenitud del presente, algo que nos recuerda a Jorge Guillén, un presente que engloba pasado y futuro; y los sueños adquieren gravedad, pues nos conducen al centro de una existencia que es, de algún modo, lo único real. Sueños llenos de respiración machadiana. Sin que podamos olvidar tampoco el peso que en este itinerario vital posee la ausencia: unos versos bastan para
definir su núcleo:
Pero aquí solo queda
el dolor de la ausencia,
que es el dolor de ser y de existir
entre el nunca y el siempre, todavía.
Hablando de lo nuclear que trasmina esta poesía, es indispensable citar el conocimiento que tiene Manuel Neila del zen, de esa escuela budista que pretende alcanzar la iluminación espiritual mediante la meditación: de ahí la importancia que adquiere en esta obra el silencio y la aceptación del ser de las cosas y del transcurso de los acontecimientos, así como la necesidad de que el mundo físico pase por el alma. Y no es menor el conocimiento que posee el autor del haiku y su poder para ir más allá de la realidad aparente de un modo relampagueante.
Gran admirador de Basho, el más famoso autor de haikus, les recomendamos vivamente el libro Sendas de Basho incluido en esta Antología poética, donde se muestra la maestría de Neila en el cultivo de semejante composición poética. Basten como
ejemplo tres de ellos:
Ciruelo en flor:
un viejo lo contempla
con pesadumbre.
Lluvia de mayo.
¡Cómo tiembla la luna
sobre los charcos!
Ayer volviste
al huerto de la infancia.
No había nadie.
En cuanto a la presencia de aforismos, ayudan al lector a esa reflexión que es asimismo parte sustancial de los poemas.
No quisiera terminar esta completa vivisección de la poesía de Manuel Neila sin aludir a la presencia de la muerte, tan injertada en la vida, pues la aceptación de la vida que entrañan los versos incluye como corolario la aceptación de la muerte y una clara conciencia de la finitud:
Ser huésped de la vida es festejar
el mundo de la vida:
el aire, el sol, el agua, los caminos
que fatigas a diario; es celebrar
el espacio que acoge
la existencia de las cosas visibles.
[…]
Ser huésped de la vida es no temer
el mundo de la muerte:
la noche, las arenas, los caminos
por donde no se vuelve; ni temer
el espacio que acepta
la ausencia de los dioses invisibles.
Internarnos en la poesía de Manuel Neila, felizmente ahora reunida, y seleccionada en esta Antología poética, significa la posibilidad de mirar el mundo como si todo sucediera por primera vez, significa escuchar el sonido de lo humano y sentirnos parte de ese sonido. En sus páginas hay una música secreta que entona la vida: la del autor y la de cada uno de nosotros.
Javier Lostalé
Manuel Neila es un poeta casi secreto. Excelente traductor de Baudelaire y de Nerval, diligente e inteligente ensayista, editor de Ángel Sánchez Rivero y de Miguel de Montaigne, su obra poética, a partir del inicial Clamor de lo incesante (1978) y de su inclusión en la antología Las voces y los ecos, prácticamente solo se había dado a conocer en el volumen antológico Las líneas de la vida (1996). Ahora, con el título Huésped de la vida (Llibros del Pexe, 2005) reúne por fin su poesía completa.
A pesar de aparecer en Las voces y los ecos, Manuel Neila no se ajusta demasiado a la poética mayoritaria en esa antología, la que representan Miguel d’Ors, Eloy Sánchez Rosillo, Fernando Ortiz o Víctor Botas.
Nada más ajeno a él que el coloquialismo o la ironía. Manuel Neila es un poeta de estirpe neorromántica. En su título inicial, el magisterio más destacado es el de Vicente Aleixandre, un nombre al que por entonces comenzaban a volverle la espalda los poetas jóvenes.
Luego se le añadiría Claudio Rodríguez, con su lírica exclamativa. Y más tarde, el Eugénio de Andrade de los poemas en prosa y el Cristóbal Serra de las parábolas orientalizantes. Sin olvidar, claro está, la poesía francesa contemporánea, de Bonnefoy a Jaccottet. Ni a Hölderlin o Novalis.
El hecho de mantener inédita su poesía durante casi treinta años tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Manuel Neila ha conseguido lo que siempre soñó, sin conseguirlo, Juan Ramón Jiménez: que toda su poesía, incesantemente revisada y revivida, formara finalmente una unidad: Huésped de la vida se lee como un libro único. No hay notables diferencias de tono entre los primeros poemas y los últimos, bastantes textos podrían pasar de una parte a otra. Igual suenan los haikus de El transeúnte (1990) que los de Cantos de frontera (2000): «vuelo de grullas. / El invierno se pliega / bajo sus alas».
José Luis García Martín
Foto: Borja de Jorge
Manuel Neila (Hervás, Cáceres, 1950), estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Oviedo, donde se licenció en Filología Románica. Desde entonces, ejerce como profesor de Lengua y Literatura. Ha colaborado en revistas literarias como Clarín, Turia, Cuadernos hispanoamericanos, Ínsula o Claves de Razón Práctica. En la actualidad, dirige la colección de aforismos «A la mínima» en la editorial Renacimiento.
Se inició como poeta con Clamor de lo incesante (1978). Tras un prolongado silencio, reunió sus primeros libros de poemas, publicados e inéditos, en el volumen Huésped de la vida (2005) y los seleccionó en El camino original [Antología poética, 1980-2012] (2014), a los que añadió posteriormente los volúmenes Sendas de Basho (2018), Fuentes de la edad (2021) y Las horas sucesivas. Poesía 1978-2022 (2025).
Ha publicado varias colecciones de aforismos: Pensamientos de intemperie (2012), Pensamientos desmandados (2015), El juego del hombre. Discordancias (2018), Palabras en curso (2021) y La vida entre líneas (2022). Ha antologado Aforismos contantes y sonantes (2016) y Bajo el signo de Atenea. Diez aforistas de hoy (2017).
Entre sus últimas obras publicadas cabe destacar Clima de riesgo (2015), El escritor y sus máscaras (2015), La levedad y la gracia (2016). Cristóbal Serra en su laberinto (2017), Rendición del héroe (2019), La memoria herida (2022), Volver a Montaigne y otros ensayos (2023) y La vida por dentro. Nuevas discordancias (2026)
Ha traducido, entre otros, a Gérard de Nerval, Charles Baudelaire, Philippe Jaccottet, Claude Roy, Roberto Pasanisi, Haroldo de Campos, y Àlex Susanna. Como editor, ha dado a la imprenta Páginas escogidas, de Montaigne, Papeles póstumos, de Ángel Sánchez Rivero, Sentencias y donaires, de Antonio Machado, Hogares humildes. Obra poética, de José García-Vela, Aforismos y charlas de café, de Santiago Ramón y Cajal, Poemas, de Christopher Caudwell y La elegancia del desánimo, de Juan Benet.
Temprano vuelve el día con los dones
de otros cielos lejanos,
y en verde hervor proclama su armonía.
Leves sueños del alba: ¿quién respira?
Qué premura de luz entre las cosas.
La he visto tantas veces
arder en los serbales de la infancia,
consumarse en los surcos del amor,
consumirse en los ojos que la miran.
Promisoria como el aire o los sueños,
la claridad acoge
las fábulas del tiempo y la memoria.
Conciencia desvelada: ¿a quién asirse
sino a aquella que vela por nosotros?
Ahora llega impaciente, está llamando
a las puertas del día:
esa luz presurosa que nos colma,
nos consume… y dispersa las cenizas.
A la orilla del tiempo
te detienes. La brisa
reviste de oro viejo
los follajes del alba.
¿Quién respira? El sol
pulsa el arpa del cielo.
Floración imprevista
de la luz. Ni sorpresa
ni júbilo: desnuda
celebración del tránsito.
Está la casa sola, y entra el día
inundando la estancia
de promesas, de imágenes.
Y entra con pie descalzo, como entonces,
ese temblor humano, la algazara
que sube de la calle
donde el vivir arrecia, nos convoca.
Y es luz lo que respiro:
claridad que se ofrece a quien la mira
con el brillo insistente
de los seres en su sola presencia,
como un fuego extendiéndose,
consumiéndolo todo,
por el que todo existe y sobrevivo.
Existir es arder;
vivir, quemarse: ir dándose a la luz
que todo lo transforma y lo enriquece,
si la miras de frente, aquí, en la estancia
donde, árbol de fuego,
tu crecimiento es llama;
su consunción, memoria de la vida.
Y es luz lo que respiro
en estos aposentos donde el aire
no contiene las formas.
Y es fuente de prodigios, pervivencia
de una verdad que dura,
quemadura de sombras,
grabándose en la frente a fuego vivo.
Las luces del verano se apoderan
del aire, de los cuerpos. Mediodía,
reflejo de aguas verdes.
Un resplandor de brasas y cenizas.
¿Quién nos vela el mirar? ¿Qué extraña música
nos envuelve en sus ondas? Es el miedo,
miedo a perder la vida,
temor a irnos gastando en el empeño,
en este declinar irremediable,
sin pausa, audible apenas, del estío.
Ahora cierro los ojos,
y se ilumina el cuarto desde donde contemplo
la muerte de la luz. Y esos hombres que pasan:
¿quiénes son esos hombres acosados
por deidades impuestas? Y si es así:
¿cómo olvidar sus gestos, sus dolencias?
Pero el día no sabe del dolor.
Un puro discurrir, se entrega y basta.
Lavado por el agua,
por la luz, sin violencia,
hoy nos llega con destino de hombre.
Y existiendo se irá, desnudo, intacto;
como un cuerpo tendido
se nos brinda, y al darse
ya cumple, se consuma, desfallece
bajo el silencio púrpura del sueño.
Cuánto esplendor aún, cuanta insistencia
la del mundo en ser luz; el tiempo, humo;
la del hombre en abrirse, generoso,
a los demás, que pasan,
y al fuego, que perdura;
la del amor en darse como miel o veneno,
eterno y siempre verde como selva.
No hay salida. Pues que muchas han sido
las sendas transitadas.
Es preciso elegir: cómplice o reo.
Llega una brisa
de lejos, de muy lejos:
un aire antiguo,
lleno aún de lugares
que acaso fueron míos.
El azul de la tarde se desliza
sobre el lecho impasible de la tierra,
como nuestros recuerdos,
como nuestros deseos.
–¡Vamos! ¡Mira!
Que nos salve la brisa y nos consuele
este aroma de establos y de rosas.
Conmigo vais así, calle adelante,
calle y vida adelante,
bajo un cielo combado de horas viejas
(¿hecho para durar?);
mientras marzo abrilea
en los campos que ara el pensamiento,
no sé si para el gozo o la tristeza.
El azul de la tarde va pasando
como un río a través de lo visible.
Allí estamos nosotros,
en la humana zozobra.
–¡Vamos! ¡Mira!
A veces basta el sol para salvarse,
un hilo de luz negra en la memoria.Y no es verdad que todo lo visible
nos esté de continuo abandonando.
La palabra es quien crea,
por el amor, el mundo
(¿hecho para pasar?). Y, mientras dure
la palabra que alienta,
el hombre ha de vivir para contarlo.
Llega la noche: arrullo de motores.
Detrás de los cristales, mar de piedra,
extensión fragmentada por aristas
y luces de colores,
el viento serpentea entre volúmenes grises,
avanza, se descresta, retrocede.
Campo de asfalto,
semillero de espectros,
ciudad de enredaderas luminosas
donde la noche alienta
sus sueños de ceniza, indiferente.
Noche que viene a tientas
con su séquito mudo
de islas y baldíos donde buscarnos
y el logaritmo irresoluble del deseo
o el dolor que destilan nuestros cuerpos
al hundirse en las sombras de otro cuerpo.
–Seres multiplicados por su ansia,
ansia que se consume al consumarse,
amor que se consuma al consumirse.
Calles recién nacidas, resplandores,
sendas que llevan luego a ningún sitio,
puertas en el amor
umbral de sombras.
Y a la orilla del tiempo, sobre arenas,
edificios orlados de azul cielo,
un murmullo de seres acosados
que se buscan a tientas
entre cenizas o sobre vacíos.
Tantos días de humo, tantas horas
que, cubiertas de polvo, se enmohecen.
Debió de abrirse un pozo
hasta entonces sellado a cal y sueño.
La vida se pobló, como si un aire,
un mal viento la hubiera sacudido,
con despojos de historia,
con jóvenes propensos a la dicha
que nadie, luego nadie pudo darles.
De improviso nacía el desamparo,
el uso de razón, el sinsentido;
y así fuimos perdiendo
–¿sortilegio o rutina?–
el brillo innominado del misterio.
Las plazas del asombro, los caminos
sin sol de la memoria se poblaron
de sombras y recuerdos
con temblor de verdades corrompidas.
En las fuentes de abril,
son de días lejanos.
Agua, cielo, follaje:
acordes en el reino
lustral de las imágenes.
Allende las palabras,
estanques azulejos
bajo el sol de la infancia.
¿A dónde ir? Celadas
de las horas en ciernes.
El hombre ha vuelto a ver los almendros floridos, que así se hacen entender, con el humilde oficio de las cosas pequeñas.
También él tiene su pequeño jardín y ha vuelto a meterse en su oficio. No sea que, por indolencia o por descuido, se le vaya a malograr la sembradura.
A falta de semillas, a falta de trigo, cebada, hinojo, ha sembrado palabras; ha esparcido en el cesto de su pequeño jardín, no sin cierto quebranto, las palabras «luna», «nieve», «flores», cuyas sílabas conservan, como es sabido, el color de las vocales
de Rimbaud:
A negra, E blanca, I roja, U verde, O azul.
Acariciadas por la brisa y el calor del sol, las hojuelas han brotado rápidamente, con su olor a vellorita y a corteza de pan caliente; pero como carecen de raíces y de tierra donde arraigar, es probable que, al cabo del tiempo y la costumbre, terminen
por marchitarse.