Augusto Ferrán, Gustavo Adolfo Bécquer y los dioses desterrados en el Moncayo
Muertos yacen los dioses en el cielo,
y me parece el cielo, mudo y frío,
un cementerio en el desierto espacio.
(Augusto Ferrán, La soledad. Elegía romántica)
A los pocos meses de llegar Augusto Ferrán a Chile a finales de 1872, en el verano de 1873, publicó en la Revista de Santiago un extenso poema de más de doscientos versos endecasílabos blancos: «La soledad. Elejía [sic] romántica (Recuerdo de Enrique Heine). Al poeta chileno Guillermo Matta»1 . Aunque en el título volvía a comparecer la soledad como referente, poema y metro eran de textura formal diferente a la del célebre libro La soledad (1861), reeditado después con cambios como La pereza (1871).
Casi nadie parece haberle prestado atención a este poema salvo quienes estudiaron la recepción de la obra del poeta alemán Enrique Heine en Chile: José Zamudio, cuando espigó escritos periodísticos de Ferrán publicados durante su estancia allí, mencionó la elegía, pero no la analizó2 . Los datos han pasado después a la bibliografía sobre la difusión internacional del poeta alemán3 .
1
Augusto FERRÁN, «La soledad. Elejía [sic] romántica (Recuerdo de Enrique Heine). Al poeta chileno Guillermo Matta», Revista de Santiago, T. III, 1872-1873, pp. 127-133.
2
José ZAMUDIO, «Ensayo sobre la influencia y las traducciones de Heine en Chile», en Heinrich Heine en la literatura chilena. Influencia y traducciones, Santiago de Chile, Editorial Andrés Bello, 1958, en particular pp. 37-40.
3
Claude R. OWEN, Heine im Spanischen Sprachgebiet, Munchen, Aschendorffsche Verlagsbuchhandlung, 1968.
Pionero en estudiar la influencia de Heine en Bécquer fue Franz SCHNEIDER, Gustavo Adolfo Bécquer. Leben und Schaffen unter besonderer Betonung des Chronologischen Elementes, Borna-Leipzig, Druck von Robert Noske, 1914. Y «G. A. Bécquer as “Poeta” and his Knowledge of Heine´s Lieder», Modern Philology, XIX, 1922, pp. 245-256.
El asunto ha dado lugar a una amplia bibliografía: una síntesis en Jesús RUBIO JIMÉNEZ, Augusto Ferrán Forniés, traductor: de las nieblas del Rin a la claridad meridional, Madrid, Escolar y Mayo Editores, 2015.10
JESÚS RUBIO JIMÉNEZ
En el verano de 1877, Ferrán regresó a Madrid, arruinado y gravemente enfermo. No le esperaban aquí tampoco buenas noticias: su cuñado Florencio Janer, casado con su hermana Adriana, estaba muy enfermo o había muerto ya pues falleció el 17 de julio en El Escorial. Augusto aún hizo un último esfuerzo literario más y trató de reengancharse a la vida literaria madrileña, publicando algunos escritos: una reedición de La soledad. Elegía romántica, en la revista La Academia, firmado ahora por Pompeyo Augusto Ferrán –el nombre con que sería internado– y manteniendo la dedicatoria «Al poeta chileno Guillermo Matta»4 . Apenas ha tenido fortuna crítica tampoco esta edición y el largo poema de 202 versos ha quedado olvidado (en realidad son 203 en la edición chilena como se verá)5 .
Dio a conocer también una traducción del ensayo «Don Quijote» de su siempre admirado Heine en la Revista de España el 30 de septiembre de 18776. Y una entrega más de «Recuerdos de Enrique Heine. Cantares», que ya eran conocidos. I: «Arde en tus mejillas…»; II: «Niña sobre mi pecho pon tu mano…»; y III: «Tarfe»7 .
4
Pompeyo Augusto FERRÁN, «La soledad. Elegía romántica (Recuerdo de Enrique Heine). Al poeta chileno Guillermo Matta», La Academia: Revista de Cultura Hispano-portuguesa, Latino-americana, T. II, n.º 5, 15 de agosto de 1877, pp. 70-71.
Florencio Janer mantenía buena relación con esta revista, donde lo homenajearon publicando su retrato y un artículo póstumo suyo: «El legado póstumo de Janer. La Rinkomanía», La Academia, 23 de agosto de 1877.
5
Quizás el único en mencionarlo fue Dionisio GAMALLO FIERROS en «Luz sobre una vida oscura y una mente extraviada. Las del poeta Augusto Ferrán, que falleció loco, en el manicomio de Carabanchel», Imperio, 4 de agosto de 1961, donde escribe: «Posteriormente logró Ferrán algunos de los endecasílabos libres más ajustados y melancólicos de todo el siglo XIX, más inmensos [¿inmersos?] en la naturaleza y sus mitos, más dóciles a lo fabuloso y a lo fabulesco, a los gnomos y a los duendes, hasta que la mezcla del dinero y la bancarrota, del vino y del amor, empezó a gotear sobre su sensible cerebro hasta reblandecérselo».
Según él, fue Ramón Rodríguez Correa quien pidió al doctor Esquerdo que lo acogiera en el establecimiento para enfermos mentales que había inaugurado el 2 de mayo de 1877. Gamallo Fierros estaba preparando una edición de escritos desconocidos de Ferrán, que no concluyó, y pensaba incluir La soledad. Elegía romántica.
En 1940, Jorge Guillén escribió al bibliotecario chileno Raúl Silva Castro solicitándole información sobre la estancia de Ferrán en Chile y este se la proporcionó. Hasta donde sé, sin embargo, don Jorge no llegó a escribir sobre el asunto (la carta ahora se puede leer digitalizada en la web de la Biblioteca Nacional Digital de Chile).
6
En 2015 puse al día lo conocido sobre la vida del poeta y su labor de traductor en Augusto Ferrán Forniés, traductor: de las nieblas del Rin a la claridad meridional, ob. cit.
Con relación a su conocimiento del Quijote, véase Enrique Heine, Alemania, Madrid, La España Moderna, s. a., pp. 236 y ss. Fue el primer libro que leyó, traducido por Tieck. En él aprendió a deletrear refugiándose en un rincón del jardín para leerlo a solas siguiendo con pasión sus aventuras.
7
Augusto FERRÁN, «Recuerdos de Enrique Heine. Cantares», La Academia, 30 de octubre de 1877, p. 239.11
AUGUSTO FERRÁN, GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER Y LOS DIOSES DESTERRADOS EN EL MONCAYO
La enfermedad mental del poeta se iba agravando. Fue internado en el sanatorio del doctor Esquerdo el 13 de enero de 1878 y allí residió hasta su muerte el 2 de abril de 1880. Solo iban a visitarlo su hermana Adriana y Ramón Rodríguez Correa quien, al igual que ocurrió con Gustavo Adolfo Bécquer, se convirtió en el principal difusor de su obra, reeditándola8. Y fue así como sus obras pudieron ser leídas y repercutieron en la poesía del cambio de siglo en poetas jóvenes como los hermanos Machado y Juan Ramón Jiménez9.
Parece llegado el tiempo de volver a editar aquella «elegía romántica», que no fue un poema de circunstancias, sino que nos reintroduce en el gran tema de la poesía de Ferrán –la soledad– por un camino diferente al libro La soledad (1861) tan decisivo en la renovación de la poesía moderna española a partir de las formas populares, aunando la tradición autóctona con la revitalización de las canciones populares por Enrique Heine y otros poetas románticos europeos10. Quienes han explicado la larga tradición de la soledad española han llamado la atención sobre la importancia de Ferrán en la continuidad de esta tradición dotándola de un sentido moderno11.
El contenido de La soledad. Elegía romántica es distinto en algunos aspectos a sus escritos más habituales y abunda en una línea que no ha sido valorada en su producción y que merece nuevas
8
El 7 de junio de 1880 los periódicos daban noticia de que habían leído cantares suyos en una velada del Ateneo y fueron de los más aplaudidos. Fue el primer homenaje póstumo al «poeta muerto hace dos meses en la casa de locos del doctor Esquerdo» (Gaceta Universal, 690, 7 de junio de 1880).
El Correo (90, 2 de junio de 1880) había anunciado la velada en el Ateneo para el sábado día 5 a las 9,30, dedicada a honrar la memoria de poetas muertos en ese siglo de quienes aún no se había leído nada en la docta casa: Pastor Díaz, Reinoso, Moratín, Arriala, Augusto Ferrán, Piferrer, Cabañes, Sáinz Pardo, Cea, Vargas Ponce, Ventura de la Vega, Mora, Romea, Biedma, Baralt, duque de Rivas, duque de Frías, Monroy, Hurtado, Carlos Rubio, Avellaneda, Martínez de la Rosa, Pancho Orgaz.
Leerían Cañete, Valera (este a Bécquer según Gamallo Fierros), Núñez de Arce, Aguilera, Balaguer, Palacio, Campillo, Rodríguez Correa, Blasco, Velarde, Grilo y Ortiz de Pinedo. Y unos años más tarde Ramón Rodríguez Correa publicó sus Obras completas en la editorial de La España Moderna, s. a. (1893).
9
Robert PAGEARD, «Bécquer, Ferrán y Juan Ramón Jiménez», Ínsula, 528, diciembre de 1990, pp. 30-32. Juan Ramón JIMÉNEZ en «Carta a Luis Cernuda», en La corriente infinita (Madrid, Aguilar, 1961) se refiere a la lectura de Ferrán y Bécquer y cómo los proyectó hacia los poetas del 27.
10
Jesús RUBIO JIMÉNEZ, «Augusto Ferrán Forniés: traducciones desconocidas y otros textos», El Gnomo. Boletín de Estudios Becquerianos, 2, 1993, pp. 161-187. «Enrique Heine y Augusto Ferrán. Entre las nieblas del Rin y la claridad meridional», Ínsula, 752, 2009, pp. 17-20. Y «Augusto Ferrán Forniés: el poeta de la soledad moderna», Individuo y sociedad en la literatura del siglo XIX, Santander, Trementorio ediciones, 2012, pp. 69-82. Raquel GUTIÉRREZ y Borja RODRIGUEZ eds.
11
Particular interés ofrece José BERGAMÍN en escritos como «Romántica de soledades», en Lázaro, Don Juan y Segismundo, Madrid, Taurus, 1959. Y «Prosas peregrinas», en Al fin y al cabo. Prosas, Madrid, Alianza Tres, 1981, pp. 73-186. Jesús RUBIO JIMÉNEZ, «José Bergamín, su «cátedra peregrina» por Hispanoamérica y la tradición de la poesía de la soledad», en Setenta años después. El exilio literario español de 1939. Oviedo, KRK Ediciones, 2010, pp. 551-579.12
JESÚS RUBIO JIMÉNEZ
indagaciones: el poema narrativo lírico extenso, introduciendo asuntos fantásticos importados de la mitología germánica.
La soledad (Elegía romántica) resulta además muy reveladora en el análisis de los motivos folclóricos de las leyendas La corza blanca y El gnomo, que Gustavo Adolfo situó en el Moncayo.
Para su comprensión más correcta rescato y explico también otros textos publicados en Chile que orbitan alrededor y ayudan a entender esta llamativa elegía, portadora de un sentido testamento al modo heineano sostén fundamental siempre de la escritura de Augusto Ferrán. Estos escritos completan la labor mediadora con otras literaturas y sobre todo su escritura, siempre sometida a la inestabilidad económica y emocional, que le impedía intentos más ambiciosos, quedando reducida a zamacuecas, bosquejos y a un relato corto. Un conocimiento más detallado de la prensa chilena de los años en que Augusto residió en Santiago proporcionará nuevos textos, pero los aquí rescatados ya perfilan mejor su paso por el país andino. Completo con este ensayo mis aproximaciones a Augusto Ferrán, sobre todo en Gustavo Adolfo Bécquer y la poesía chilena: de Guillermo Matta a Pablo Neruda y Augusto Ferrán traductor: de las nieblas del Rin a la claridad meridional12.
12
Jesús RUBIO JIMÉNEZ, Gustavo Adolfo Bécquer y la poesía chilena: de Guillermo Matta a Pablo Neruda, Zaragoza, Diputación Provincial de Zaragoza, 2004. Y Augusto Ferrán Forniés, traductor: de las nieblas del Rin a la claridad meridional, ob. cit.
Imagen de la cubierta: David Vela
Augusto Ferrán leyendo en la Cruz Negra, detalle.
Ilustración del relato de Jesús Rubio
El desconsolado. Estampas románticas.
La lectura en clave biográfica del poema debe ser contrastada con otra más literaria. Y esta nos devuelve al mundo imaginario de Ferrán y a su poeta tutelar por excelencia: Heinrich Heine. El poeta alemán escribió dos ensayos que tuvieron gran importancia en la configuración del imaginario romántico: Espíritus elementales y Los dioses en el exilio(43). En ellos se sumó a la corriente de pensamiento que sostuvo que cuando el cristianismo se impuso como religión oficial exterminó o desterró a lugares apartados a los dioses de las religiones prerromanas anteriores más primitivas.
43
Heinrich HEINE, «Espíritus elementales»», pp. 211-280, y «Los dioses en el exilio», pp. 307-340, en Los dioses en el exilio, Barcelona, Bruguera, 1984. Traducción de Pedro Gálvez. Cito los dos ensayos por esta edición, indicando las páginas en el texto.
En el primer ensayo afirmaba Heine que «no todo lo que está enterrado está muerto» (213), sino que puede sobrevivir en las creencias supersticiosas de las mentes populares. Y añadía refiriéndose a los bosques alemanes: «Cuando uno pasea por sus viejos robledales, escucha aún las voces de la prehistoria, oye todavía el eco de aquellos sabios embrujos de los que emana más vida que de toda la literatura branderburguesa» (213). En el segundo ensayo remitía a este y comentaba que aquellas divinidades fueron transformadas por el cristianismo en demonios. Sobrevivieron, no obstante, en las creencias populares y sostiene que estas llevan sobre la tierra una existencia sombría en las tinieblas de las ruinas de sus tiempos o en los bosques encantados, donde se dedican a atraer al cristiano débil que se pierda por esos sitios, para lo que se valen de sus seductoras artes domoníacas, del sensualismo y la belleza, muy especialmente de las danzas y los cánticos, provocando de este modo la perdición de su alma (311).
Heine ejemplificaba a continuación estas afirmaciones narrando lo sucedido a muchos de estos dioses y las sorprendentes transformaciones que tuvieron. Esta versatilidad y capacidad de metamorfosis ha hecho que sobrevivan de diferentes maneras en las culturas posteriores. Con todo, más interés tienen para nuestro caso los espíritus descritos en el ensayo Espíritus elementales.
En Una inspiración alemana irrumpían narraciones de historias de estos fantásticos seres durante el romance del narrador con Celina. La parte central de la elegía es ahora una galería de seres fantásticos que se puede comentar con la ayuda de los ensayos que Heine dedicó a aquellos «espíritus elementales». Ferrán no publicó traducciones de estos dos ensayos, a diferencia de las canciones y otros textos de Heine, que frecuentó, tradujo e imitó y en los que comparecen con frecuencia espíritus elementales. La elegía constituye su presentación más completa y es una imitación de aquel ensayo. Un breve inventario de los nombrados y descritos en el poema arroja el siguiente censo: hadas (vv. 15-29), elfos (30-39), ondinas (40-76), gnomos (79-95), salamandras (96-109) y kobolds (110-140). Tras una primera aparición y una breve descripción en algunos casos reitera su presencia, sobre todo refiriéndose juntos a elfos y ondinas como espíritus maliciosos (vv. 77-78 y 149-150).
Las ensoñaciones con estos espíritus henchían el corazón de Augusto Ferrán. Sin embargo, después sobrevino el tiempo de la desdicha y acabó la felicidad de manera que a partir del verso 153 los lamentos elegíacos se adueñan del poema y se va preguntando donde están los elfos (v. 175), los gnomos (182), el hada (187) y contempla al final, junto a un oscuro regato que semeja la laguna Estigia, a una ondina macilenta (vv. 195-202). El resultado es una sentida elegía romántica donde a una base clásica –el tópico del ubi sunt, la andadura pausada del endecasílabo blanco– se han injertado ramas del fantástico bosque de la imaginación romántica germánica.
Ferrán presenta los seres fantásticos de los ensayos de Heine y un careo con ellos lo confirma. Al comienzo de «Espíritus elementales», Heine recuerda las fuentes a las que acudió para documentarse sobre ellos: los hermanos Grimm (214), la clasificación de Paracelso que utilizó los nombres de ninfas, ondinas, silvanos y salamandras a la vez que los asociaba a los cuatro elementos (214-216); y varias tradiciones populares que los sitúan viviendo refugiados en las montañas.
Las hadas de los versos 15 a 29 y los elfos de los versos 30 a 39 están relacionados con los espíritus del aire conocidos como sílfides y han tenido gran presencia en la literatura francesa e inglesa. El poeta alemán aclara la doble denominación posible:
Lo que el pueblo llama en Alemania sílfides o elfos son los engendros fantásticos de las brujas que han fornicado con el mal. Las auténticas leyendas sobre las sílfides provienen de Irlanda y del norte de Francia; descendiendo de aquí hasta la Provenza, se mezclaron con las creencias en hadas del Oriente. De una mezcla así florecieron los maravillosos versos del conde de Lanval, a quien la hermosa hada ofrece sus favores con la condición de que oculte su felicidad. Pero cuando el rey Arturo, durante un festín en Karduel, declara que su reina Genevra es la mujer más hermosa del mundo, el conde de Lanval no puede seguir callando por más tiempo y habla y allí finalizó su felicidad, al menos sobre la tierra. (221)
Para otros casos y detalles asegura que tendría que transcribir varias páginas del ensayo del poeta alemán con disquisiciones sobre las Willis y enlazando con lamias y ondinas (221-224). Heine evoca el protagonismo que les otorgó Shakespeare en El sueño de una noche de verano, que tan larga descendencia ha tenido en las literaturas occidentales posteriores: «Si las sílfides no fuesen inmortales por naturaleza, ya lo serían tan solo por Shakespeare. Vivirán eternamente en el sueño poético de una noche de verano». (220) Y un poco después: El aspecto exterior de las sílfides, así como sus idas y venidas, os es también bastante conocido.
La Reina de las sílfides de Spenser hace ya tiempo que ha venido volando hasta vosotros desde Inglaterra. ¿Quién no conoce a Titania? ¿Qué mollera es tan dura que no haya percibido alguna vez el alegre tintineo de su marcha por los aires? (221) Con lo cual, si había alguna duda, la alusión a «Citanea», es decir, Titania, del poema de Ferrán mencionada en el verso 39 de la edición chilena de La soledad. Elegía romántica, queda aclarada. Se trata de la celebérrima Titania del drama de Shakespeare.
Las ondinas que comparecen en los versos 40 a 76 del poema provienen también del ensayo heineano quien escribe sobre ellas:
Las ondinas se parecen mucho a las sílfides. Ambas son seductoras, atractivas y amantes de las danzas. Las sílfides bailan en terrenos pantanosos, en verdes campiñas y en los calveros del bosque, y sienten una predilección por hacerlo bajo los viejos robles. Las ondinas bailan en los lagos y en los ríos; también se les ve bailar sobre las aguas, por las noches, en los lugares donde al día siguiente perecerá alguien ahogado. Se reconoce a las ondinas femeninas por las orlas de sus vestidos blancos, que siempre están húmedas. También por el fino hilado de sus velos y por la elegancia distinguida de su misterioso natural (226).
Y a continuación se embarca en la descripción de varias apreciaciones sobre las diferencias entre sílfides y ondinas, que pueden acabar confundiéndose, no obstante, por una cualidad que comparten: «Las sílfides y las ondinas pueden embrujar, se pueden transfigurar a capricho; así como a veces pueden ser transformadas en todo tipo de monstruos asquerosos por espíritus y nigromantes más poderosos» (229-230).
La capacidad de metamorfosearse resulta fundamental en estos seres fantásticos. Y aún se extiende después hablando sobre las doncellas cisnes de algunas leyendas y que algunos emparentan con las valkirias, seres fundamentales en la mitología germánica, pero que nada aclaran con relación al poema de Ferrán.
Los gnomos, descritos en los versos 79 a 95 de la elegía, pueden situarse dentro de la categoría de los enanos, que son espíritus de la tierra, a los que dedica varias páginas Heine: viven en las montañas, tienen grandes destrezas, cubren las cabezas con gorrillas mediante las cuales pueden hacerse invisibles y hasta en ocasiones se les describe con patas de ganso tal como los recogen los Grimm en alguna leyenda popular y así los encontramos también en los versos de Ferrán (218-220).
Las salamandras que Ferrán evoca en los versos 96 a 109 asimismo son nombradas en Espíritus elementales aunque sin que la presentación alcance un gran desarrollo:
En el pueblo existe únicamente la leyenda de un animal que puede vivir en el fuego y que se llama salamandra. […] Ese animal se parece a una lagartija, pero es amarillo como el azafrán, con algunas motas negras, y el zumo blanco que arroja en el fuego, y con el que quizás pueda a veces apagarlo, puede haber dado lugar a la creencia de que puede vivir entre las llamas. (244)
Si se repasa Los dioses en el exilio, además de abundar en la tesis central heineana de que el cristianismo desterró a los dioses de la antigüedad que solo quedaron para la imaginación popular, se puede completar un poco más esta galería de seres fantásticos.
Y quedaría hablar de la procedencia de los kobolds cuya descripción ocupa los versos 110 a 140 de la elegía de Ferrán. Kobold, ocasionalmente cobold, es una palabra de origen alemán empleada como equivalente de «duende». Aunque normalmente es un ser invisible, un kobold puede materializarse en forma de animal, fuego, ser humano y como una vela; se suelen representar como figuras humanas del tamaño de los niños pequeños; los que viven en minas son encorvados y muy feos por las duras condiciones de los medios naturales en los que viven.
La creencia en los kobolds se remonta al siglo XIII cuando los campesinos alemanes tallaban efigies de kobolds para sus hogares; han derivado de creencias de los antiguos lares y penates domésticos de la antigua Roma o tal vez de creencias nativas alemanas en un espíritu casero similar llamado kofewalt.
En la mitología germana, los kobolds eran espíritus menores que habitaban en las cuadras, en las cuevas y en las casas. Se dedicaban a realizar labores domésticas cuando los dueños se iban de las casas: iban a por agua, partían la leña, barrían las habitaciones, etc. Exigían a cambio un poco de leche y restos de comida y si el dueño de la casa se olvidaba de las atenciones que les debía se vengaban haciendo pillerías. Eran como los trasgos tradicionales españoles.
En la Edad Media de la palabra kobold derivó el término utilizado por los mineros de Sajonia para describir el cobalto, un mineral entonces considerado carente de valor. Los mineros consideraban que mientras buscaban plata los duendes la embrujaban transformándola en este mineral. Parecía plata pero ya no lo era.
La referencia a estos seres fantásticos por Ferrán también le llegó a través del libro de Heine Alemania, en cuya primera parte –«Alemania hasta Lutero»– explicó cómo en la cultura alemana a los demonios se les había despojado de todo aquello que fuera ideal para dejarles solamente lo innoble.
Para describir a los kobolds, unos de aquellos espíritus condenados al destierro, recurrió a la cita de una página de Praetorius en su Antropodernus plutonicus, centrando la atención en cómo se suponía que intervenían en la vida doméstica:
Los antiguos no han podido decir otra cosa de los kobolds sino que eran hombres verdaderos de forma semejante a la de los niños pequeños, con trajecillos pintarrajeados; algunos añaden que llevan un cuchillo que sale de sus riñones, que causa el peor efecto, a consecuencia de haber sido en otro tiempo perversamente asesinados con aquel instrumento. Piensan los supersticiosos que deben ser las almas de personas muertas en la casa donde aparecen; y cuentan muchas historias, diciendo que los kobolds prestan tan buenos servicios a las criadas y a las cocineras y se hacen querer tanto, que muchas de esas sirvientas les han tomado afecto hasta el punto de desear ardientemente verlos y llamarlos. Pero estos espíritus no acuden gustosos a sus llamamientos, porque dicen que no se les puede ver sin estremecerse mortalmente. Sin embargo, cuando las sirvientas insisten, los kobolds designan un lugar de la casa donde se personan; previenen que es preciso tener cuidado de traer consigo un cubo de agua fría, porque ha sucedido a menudo que el kobold haya venido a tumbarse después en un pasillo, con su gran cuchillo saliéndole de la espalda, y que la sirviente espantada haya caído desvanecida. En ese caso el pequeño ser se levantaba, cogía el agua e inundaba a la criada para que volviese en sí, con lo que esta perdía en seguida todos sus deseos y jamás quería volver a ver al pequeño Chin. Se dice también que se entregan a toda clase de trabajos para los mozos y las criadas a quienes se dedican, arreglando los caballos, limpiando el estiércol de la cuadra, lavando todo, teniendo en buen orden la cocina, despachando los quehaceres de la casa y prestando tanta atención a todo, que el ganado engorda mucho mejor bajo su vigilancia (44).
Y recogía después algunas anécdotas y relatos históricos relacionados con estos seres fantásticos. E incluso añadía que había tenido ocasión de hablar sobre ellos con el señor Andersen el año anterior en París con quien fijaba un poco más la indumentaria y sus costumbres.
44
Enrique HEINE, Alemania, Madrid, La España Moderna, s. a., pp. 19-20. Traducción de Luis DE TERÁN.
El careo entre la elegía de Ferrán y estos escritos de Heine confirma por tanto, sin ninguna duda, la familiaridad del poeta madrileño con los ensayos del poeta alemán al igual que con su poesía y que lo que hizo fue ingerir en el cuerpo del poema una síntesis de aquellos escritos a la vez que configuraba una visión del Moncayo como una montaña elevada y salvaje, refugio apropiado para aquellos espíritus elementales cuando fueron arrinconados por el cristianismo y cuya cercanía él había buscado cuando salió huyendo de los acreedores madrileños y se refugió en la pequeña aldea de Vera de Moncayo.
No puedo luchar más. Todas mis fuerzas
en la lucha perdí.
Rendido está mi espíritu, y mi cuerpo
rendido de vivir.
No hay en mi sombra luz, en mi camino
no hay descansos jamás;
y a donde quiera que los ojos vuelvo,
allí brota el pesar.
Solo tengo un consuelo, triste alivio
a mi acerbo dolor,
y es que ¡ay de mí! ¡Puede acabarse en cuanto quiera yo!
---
Pregunto con mi mente
a la tierra y al cielo
si nuestro amor, esencia misteriosa,
en la muerte hallará su fin eterno.
Y flores, campos, montes,
luna, sol y luceros
parecen responder a mi pregunta
con el sonoro no de su silencio.
---
Tus ojos, que siempre veo,
son grandes y poderosos,
tanto que para mirarlos
tengo que cerrar mis ojos.
---
Con quererte en esta vida,
mi bien, yo no me contento:
yo quiero, y tengo firmeza,
quererte después de muerto.
---
Como en las tibias ondas se sumerge
el sol a la caída de la tarde,
mi espíritu quisiera sumergirse
en tu espíritu amante.
Y, oculto en ti, vivir eternamente,
vivir soñando con tu dulce imagen,
sin recordar siquiera que hay un mundo
de goces y pesares.
---
Anoche (no te ofendas)
soñando que tu amor ya no era mío,
y que amabas a otro, en mi arrebato
llegué a pegarme un tiro.
De mi frente brotaba
segándome la sangre, y ronco ruido
resonaba angustioso en mi cerebro
que iba perdiendo su vital instinto.
Mi corazón sentía
trocarse su calor en yerto frío,
y en terribles tinieblas
su claridad mi moribundo espíritu.
Un dolor indecible
de pronto me oprimió… Hondo suspiro
de mi pecho brotó, y en silenciosa
y rígida quietud caí sumido.
Sola tu imagen,
que era a la vez mi goce y mi martirio,
seguí viendo flotar sobre mi frente
como la sombra de lejano brillo…
Desperté con el alba,
Y, libre ya del soñador delirio,
creí nacer de nuevo… y vengo ahora
a pedirte perdón por mi delito.
Augusto Ferrán