El sabor de los versos
Foto: Patricio Julve
El cuento de Cenicienta
me sabe a chicle de menta.
El de la Bella Durmiente,
a chocolate caliente.
El de Pinocho, a bizcocho;
y el de Rapunzel, a miel.
En el de Caperucita,
tomé leche con tortitas.
Con el de los tres cerditos,
me comí tres huevos fritos.
En un cuento de princesas,
bebí batido de fresas.
En otro cuento de hadas,
preparé dos naranjadas.
Un cuento de dinosaurios
tenía sabores varios.
Y con el cuento de Alicia,
el flan es una delicia.
Los mejores alimentos
se cocinan en los cuentos.
Para encontrar tu sabor,
un buen cuento es lo mejor.
La primavera me sabe
a mariposas y a fresas,
al aroma de las flores
y a cerezas en la mesa.
El verano es divertido
con helados y batidos,
ensaladas y gazpachos
que yo quiero hacer contigo.
El otoño se adormece
y huele a tierra mojada
con sabor de frutos secos
y de castañas asadas.
El invierno sabe a sopas,
a croquetas, a empanadas,
al cariño de mi madre
y al abrazo de mi yaya.
Gestos, bromas, chispas
de tu boca escapan
y, como cohetes,
en el aire estallan.
Me río de todo,
te ríes por nada.
¡Cuánto nos divierte
tanta carcajada!
La risa despliega
de pronto su magia:
te miro, me miras
y nos hace gracia.
Me río y me sabe
a cielo y a nube,
a noria de fresa
que baja y que sube.
A sabor secreto
que todo lo cambia,
que quita la pena
de lo que te amarga.
La risa despliega
de pronto su magia,
y, con su alegría,
a todos contagia.
A mí me gustan las cosas
que aparecen en mis sueños:
unicornios, superhéroes,
montañas de terciopelo,
planetas de regaliz,
cuadernos de caramelo,
castillos de chocolate
y lasañas de tebeos.
También me gustan las cosas
que veo cuando despierto:
los columpios en el parque,
los amigos del colegio,
los disfraces, la piscina,
la visita del abuelo...
y, sobre todo, me gusta
el sabor de lo que leo.
Queridos niños y niñas:
¡da comienzo la función!
¡En el centro de la pista,
los artistas en acción!
En el aire, trapecistas,
funambulistas valientes,
geniales malabaristas
y faquires sorprendentes.
Al final de la sesión,
aparecen los payasos.
Con su gracia y diversión,
todo son risas y aplausos.
Llega el circo con su carpa,
su magia y fascinación,
y, cuando se va, nos deja
el sabor de la ilusión.
La mantequilla del sol
se ha derretido en el cielo
y la nata de la luna
la he metido en un puchero.
Del mar, me llevo la sal;
del campo, los higos tiernos;
de la montaña, las setas,
y de la nieve, un paseo.
He tomado de las nubes
su sabor de caramelo,
y he probado la alegría
en el huerto de mi abuelo.
El abrazo de mi madre
me sabe a luz y consuelo,
a cumpleaños feliz
y a todo lo que está bueno.
Los sabores naturales
que no se pueden comprar,
son los que a veces extraño
y los que me gustan más.
En los columpios del parque
nos vamos a columpiar:
Subo y bajo, bajo y subo,
pero yo quiero volar.
Las nubes están tan cerca
que me quieren saludar;
y, cuando cierro los ojos,
el cielo puedo tocar.
Han venido mis amigos
a merendar y a jugar,
a divertirse conmigo,
a subirse al tobogán,
al balancín y al caballo;
y luego se montarán
en aquel barco pirata
que navega por el mar.
–¿A qué saben los columpios?
–A cariño y amistad,
a fiesta que no termina,
a disfrutar sin parar.
Maravilloso Internet
en la era digital,
para jugar y aprender
nos viene fenomenal.
Investigo, exploro, opino,
disfruto, recibo, envío,
veo fotos y comparto,
oigo chistes y me río.